Egipto: el país de los sueños

José Antonio Iniesta
José Antonio Iniesta

José Antonio Iniesta

Escritor e investigador

Egipto, del 26 de enero al 2 de febrero de 2004

 

Caminar por la arena del desierto de Egipto, por la ribera del río de la vida, el Nilo, es adentrarse con la imaginación y con el latido acelerado del corazón en la historia de una de las civilizaciones más espectaculares de la historia de la Humanidad, cuya fuerza espiritual fue tan grande que influyó decisivamente en las tres grandes religiones monoteístas, de la esencia del sentir de cristianos, judíos y musulmanes.

Llegué en el vuelo con destino a Luxor con un puñado de documentos y numerosas anotaciones que me señalaban las ancestrales raíces de Egipto, mucho más antiguas de lo que los arqueólogos señalan con recatada prudencia. Tendría lugar en el inmenso templo de Luxor, una delicia para los sentidos, mi primer encuentro con este enigma sin respuesta, en un amanecer en el que Ra resplandecía entre los pilonos y las gigantescas estatuas de los faraones.

Frente a su entrada viví la magia de los tiempos pasados, escuchando con detenimiento el graznido de un cuervo que se había posado en la punta del enorme obelisco que daba paso al mundo del misterio, a los lazos que unieron el Alto y el Bajo Egipto, a los primeros jeroglíficos que mis ojos ávidos de sabiduría escrutaban en esta tierra de prodigios.

Como en el viaje de la vida hacia la muerte, tuve que cruzar el Nilo en una barcaza con nombre de fantasma y adentrarme allá donde se pone el sol, en el reino egipcio de los muertos, hasta llegar al templo de Medinat Habu y alegrar mi vista con los colores resplandecientes, increíblemente conservados, de sus gruesas columnas y paredones. Viven allí su cromática eternidad Isis con su magia, Osiris en su reino funerario y con su cuerpo recompuesto, Horus en la presencia de la luz y Seth con su maldad y sus insidias cósmicas, envueltos en una pléyade de dioses, de hazañas y aventuras, que alientan con un suspiro interminable cada uno de los muros de los santuarios de la eternidad.

Estaba en la orilla de la muerte, el reino oscuro del más allá donde habitan los sueños de los que dejaron el árido desierto, la frescura del loto y del papiro, en la esperanza de que la llave de la vida les llevaría a otros reinos más luminosos todavía que éstos.

Había llegado el momento de alcanzar el Valle de los Reyes y adentrarme, con las palpitaciones que esto provoca, por la emoción contenida, en las tumbas, recubiertas como en un sueño indescriptible con los pasajes del libro de los muertos, con las claves secretas para morir y nacer de nuevo, conservando la memoria intacta, las claves precisas para retornar algún día al ciclo casi interminable de las vidas, para continuar aprendiendo a través de toda clase de experiencias.

El Nilo, siempre dispensador de una franja de vida que calma la sed de este inmenso país desértico, me llevó en sus plácidas aguas hacia las entrañas de África, para alcanzar Edfú, el templo de Horus, después de atravesar el caos de cientos de calesas, los gritos interminables de la muchedumbre, el relincho y los mordiscos de las caballos, hasta quedarme como atontado al contemplar los inmensos muros, el libro interminable de piedra con cartuchos, barcas solares, carros de guerra y hasta el último de los episodios de tan compleja mitología. Me encantó ver los nidos de los gorriones construidos en el interior de las sagradas y poderosas coronas de los antiguos faraones.

Así empezaba una borrachera de los sentidos, el bombardeo de estímulos que desbordan las emociones, lo que te hace preguntarte si realmente estás meciéndote en las ruinas de una de las más grandes civilizaciones del planeta. Porque Karnak no concede tregua, te aturde con sus gigantescas piedras esculpidas con el aliento de los dioses, con su avenida de esfinges, sus ciclópeas columnas y los misterios que en su interior aterrorizan a guías y arqueólogos, porque en alguna que otra ocasión se han encontrado de bruces con la realidad de una magia milenaria grabada con tierra, aire, fuego y agua en sus piedras, que para muchos están completamente “vivas”, por más milenios que Atón haya marcado desde entonces con sus reflejos en el cielo.

Me quedaba por ver un amanecer en Abu Simbel, donde uno parece una pequeña hormiga junto a las colosales estatuas de Ramsés II, o adentrarme por las aguas plácidas del Nilo, contemplando los cartuchos de los faraones en el granito de la roca y las aves zancudas, para alcanzar el pueblo nubio, después de pasar de una faluca, el típico navío egipcio, a una lancha cargada de amuletos y llegar a la orilla con duna anaranjada de la arena del desierto, donde un joven nubio me esperaba para conducirme, montado en camello, hasta su poblado.

Nunca olvidaré la sensación que experimenté al introducir una cobra en el interior de mi boca, con gran satisfacción del encantador de serpientes que se sentaba a los pies del templo de Kom Ombo, ni tampoco el tacto de la piel escamosa de un cocodrilo entre mis manos, teniendo buen cuidado de que en un descuido no me arrebatara un dedo de un mordisco.

Sakkara quedará siempre en mi corazón, y su arena suave bajo mis pies sin calzado alguno. Como formará parte del álbum de mis sueños hechos realidad el descenso a lo más profundo de la pirámide de Micerinos, donde me encontré de bruces con uno de los enigmas más profundos de la historia de la humanidad y de la mente humana.

Llevaré en mi retina para siempre el rostro felino de la esfinge, las monumentales estatuas de los colosos de Memnón, la cara de “Sueños”, una joven nubia cubierta con oro de los pies a la cabeza, y una noche en el templo de Isis, en la isla Agilica, la renovada Philae del pasado, cuando en completo silencio me adentré en el interior de un lugar tan sagrado, contemplando las mismas estrellas que los sacerdotes y sacerdotisas observaron en el pasado. Sirio y Orión vigilaban sin duda cada uno de mis movimientos.

Es ya para siempre inolvidable el caos callejero de El Cairo, con sus dieciocho millones de habitantes, el azote de los sentidos de sus intrincados zocos, los muros de la mezquita de alabastro, el colorido de los papiros, la magia de los escarabajos, el sabor del té con menta, el Ojo de Horus dibujado con henna en mi mano, la caricia en un bloque de la pirámide de Keops, la silueta espectral de la pirámide de Kefrén, el sonido de los tambores, una misa en una iglesia copta, un sobrecogedor espejismo contemplado en el desierto y el legado invisible, o casi invisible, de los Shemsu Hor, “los resplandecientes”, que esperan el momento de que realmente comprenda lo que ha ocurrido, dónde he estado. Porque de momento, todo lo que viví en Egipto me parece un sueño… 

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