Viajar a otros mundos

José Antonio Iniesta
José Antonio Iniesta

José Antonio Iniesta

Escritor e investigador

12 de noviembre de 2009

Una vieja cita me remueve las entrañas en estos días, me estremece con un escalofrío a veces, como hormiguilla otras. Es un tiempo de reencuentros y de puertas abiertas, pero la magia que se avecina, la que se revela a diario, es tan poderosa que hasta el último reducto de mis neuronas se zarandea, intuyendo que las redes luminosas que se extienden por el cerebro se preparan para aceptar lo que muchos consideran imposible.

La vida es tan maravillosa… Me basta con contemplar a mi hija pintando el rostro del sol, mientras pronuncia, como si lo supiera de toda la vida, el nombre de Kinich Ahau, tal como lo llamaban los mayas, aunque nunca se lo enseñé, porque como una libélula azul de las que llevan mis  cartas, ella vuela en el ambiente y va atrapando toda la información que encuentra a su paso, como una sutil esponja de color índigo.

Preparo de nuevo mi equipaje, que como el ave fénix se convierte en ceniza y vuelve a cobrar vida en este interminable trayecto que recorro en los últimos años en busca de los lugares de poder, las puertas dimensionales, los enclaves sagrados de los ancestros, las ciudades de luz frente a las que hay que hacer un alto en el camino y cerrar los ojos, para ver, como mi viejo compañero de aventuras, Khalima, con aquel otro, invisible, que surge de nuestro entrecejo.

Temblor siento ante lo incomprensible, por más cierto que se ha tornado con una legión de pruebas más sólidas que los muros de Jericó, que la serpenteante muralla china, de pura emoción ante la aceptación de lo inevitable: que somos seres de luz y como tales hemos de retornar a la fuente de la que procedemos, a fundirnos con nuestro origen.

Todos los viejos sueños se han cumplido. Las más sorprendentes visiones cobran forma a cada momento con la naturalidad del movimiento del agua de un riachuelo, de la danza en el viento con la que el colibrí endulza nuestra mirada.

Me gusta escribir, una y otra vez, como si se tratara del último conjuro que fuera capaz de pronunciar: “cuando las siete estrellas brillen, las puertas se abrirán”, y el holograma universo en el que existimos se pliega sobre sí mismo, como si fuera un artificio de origami, juego de manos de papiroflexia, para mostrarse como la esfera perfecta que es, con sus nervios brillando de pura conciencia, con su corazón de invisible átomo emanando sin cesar el movimiento dual, serpentario, que mueve a todos los seres, de comienzo a fin, de arriba a abajo, dentro y fuera, como pura expresión de la gran generadora de vida: Kundalini.

No puede engañarme el juego de un reloj, por más que vea cómo las manecillas se mueven sin cesar, aunque mi agenda, siempre repleta de interminables cosas por hacer, me indique que van pasando los días. Porque sé que aunque mi aliento me conduce hacia un lago mítico, un enigma histórico, un exceso de la belleza a elevada altura, siempre he estado allí, desde el primer momento de la creación, en ese eterno presente que une todos los tiempos, los enlaza en un nudo cósmico, los abraza en el latido supremo.

Y ahora mi conciencia se estremece, sabiendo como sé lo que me espera por contemplar con nuevos ojos, con esas lágrimas que no podrán contener ni todos los embalses del planeta entero, pues son fuego puro que me consumirá hasta mis más profundas raíces.

Inmensamente gozoso estoy, y aunque las líneas del tiempo, en la apariencia del espejismo de lo que percibimos en la linealidad de nuestra percepción de tres dimensiones, me propiciaran un inesperado destino, como es el de no estar allí como siempre he soñado, mi corazón vibraría con la misma emoción por lo que siempre ha sido, por lo que me llama por mi nombre y me recuerda el compromiso de los tiempos pasados, que en el bucle de una montaña rusa, desde la que se puede ver el leve movimiento de una hormiga, forma parte de todos mis futuros posibles.

Y sin embargo, he ahí el milagro de la entrega absoluta, de dejarse envolver sin reservas por el principio de la Luz: los fogonazos de emoción y felicidad están esperando, a raudales, para dejarse caer y atravesar las ventanas del alma.

Aquí, sin moverme de esta silla, rodeado por las altas torres de mis amigos los libros, viajo sin cesar con la emoción de un tambor que a punto está de arrancarme el corazón de cuajo, por ese latido que es sin duda el de la Madre Tierra.

Escucho la música de un tambor, y el cántico desgarrado de la emoción, y como tantas otras veces, me siento uno con los que cantan, con los que danzan, con los que golpean el tambor que me lleva tan lejos. El sonajero me hace llegar el sonido de una serpiente de cascabel, de una chicharra como las que escuché en Chiapas, en la profunda selva mexicana de Palenque, junto a la tumba del Rey Serpiente, estremecido por el aullido del mono saraguato.

Ahora el parche es como la cadencia del latido de un ser que duerme, que sueña, quizás el mío en este momento, en que una flauta me adormece convirtiéndose en el lenguaje del tiempo.

Estoy con ellos, con los ritmos armónicos de mis hermanos, que son mi sangre, mi aliento, mi origen, sea cual sea el espacio o el tiempo que nos haya visto nacer.

Como una voluta de humo viajo con el cántico apache, kiowa, comanche, zuni, southern ute, shoshoni, cree, assiniboine, mandan, hidatsa, chippewa, navajo y sioux.

Por más que avancemos, nunca terminaremos de conocer ese ingenioso proyecto de los invisibles, el plan cósmico de Dios, que nos cambia la piel, el lugar de nacimiento, la raza y el sexo, para revolvernos una y otra vez como lo hace con la arena del desierto, con las mareas o las semillas aventadas por el viento. Todo ello para dibujar nuevos lienzos con los que engalanar este mundo que a veces nos parece tan triste y frío.

Quedamos así, nostálgicos de nuestros viejos mundos, de nuestros orígenes en las estrellas, en una remota selva, en un templo perdido en la jungla que nunca contemplarán nuestros ojos. Y todo ello mientras esa irresistible nostalgia de lo inefable, de lo que fuimos, nos entrega a la melancolía, a veces a la más horrible de las tristezas, sintiendo que hemos caído como brote de una flor en el desierto, como una mariposa sin alas en el magma ardiente de un volcán, como un suspiro que no encuentra un almendro en flor donde posarse.

Y entonces, como ahora, cuando esa flauta desgarra el alma, la zarandea colándose por ella como el viento a través de una rendija, uno, el que es, el que siempre ha sido, el que jamás será visto como realmente es por mil siglos que pasaran, llora en lo más profundo de su ser, tan lejano de aquel lugar en el que realmente habita.

Incomprensible y extraño juego el de cambiar los colores de la piel, el brillo de los ojos, la estirpe y la cuna de nacimiento, para movernos como fichas de ajedrez en el más grande de los juegos cósmicos.

Pero surge la respiración desde ese profundo llanto de la lejanía, del hogar perdido, de los sueños que vienen desde el futuro reverberando como un susurro en una cueva del pasado, en la llama de la vela que somos, la luz que se ilumina por más que alguien sople para intentar que nos apaguemos.

Me electriza el sonido de las conchas en los pies, las semillas que se agitan y me envuelven en un remolino, un tornado que surgiendo de mi coxis se eleva hasta alcanzar la parte superior de mi cabeza.

Los seres que quizás nunca conoceré, cuyos cánticos surgen ahora en esta estancia de los prodigios, de libros que hablan día y noche, me llaman por mi nombre, me reconocen desde todos los tiempos. Danzan y cantan desde lo más profundo de un pequeño círculo que gira y gira sin cesar, como el centro y fuente de la galaxia, como el puro centro de la Fuerza, y su música, desde el sentido profundo que tiene el sonido, establece la virtud del recuerdo, la única forma de liberarse de este espejismo que sin duda es la vida.

Ahora el sonido de un cristal, de su tintineo, se traduce en esa paz inmensa que siento cada vez que las puertas se abren, como las que esperan abrirse en un lago, el Titicaca, que espera mis pasos, el roce de mis dedos con sus aguas, para calmar esa sed que siempre sentimos aquellos que no dejamos de viajar hacia adentro, hacia los más recónditos paraísos de nuestro ser interior, siempre recordando la sabiduría ancestral que nos recuerda: así es arriba como es abajo.

Todos los sonidos se unen. Hace poco escuché cánticos gregorianos, antes de ello música saharaui, y todas las cadencias se van uniendo, unas a otras, en esa oración que es la de todo ser humano que busca la liberación, escapar de la rueda interminable de la ilusión, del ego y de las ataduras materiales.

En ese ejercicio sublime, que en tantas ocasiones conduce a la soledad, sólo la vivencia de lo más profundo, en el templo sagrado interior, nos reivindica como lo que somos: águilas ardientes que vuelan en el fuego interminable de la purificación; serpientes solares que se elevan desde la tierra para fundirse con el corazón solar de los seres más luminosos.

Un centro del mundo, una puerta dimensional, un vórtice de energía, una ciudad de luz, se encuentra en ese lago misterioso y cercano que me llama para buscar entre las ruinas del pasado, en las bibliotecas etéricas donde surgen los libros que ya no hablan, sino que entonan cánticos con los coros de los ángeles.

Pero sé que esos mismos remolinos de luz violeta, esas estelas de luz que cruzan el aire, esas bolas de fuego que contemplan nuestros movimientos, están ahora girando por encima de la impresora, situándose a medio camino entre el diseño de un candelabro judío y el dibujo de un sendero que sube a la montaña y por el que ascienden los tamborileros hellineros.

La luz envuelve a la artesanía del esparto colgada en la pared, proyecta sutiles hilos a través de este ratón que descansa sobre una alfombrilla con el rostro de  Bart Simpson y se me viene encima, a la garganta, a este chakra tan transitado por las emociones.

Mi pequeña Ariadna se cubre la cabeza con un cucurucho de color fucsia metalizado, como un mago arquetípico, el sonido del tambor se va haciendo más intenso, uno de tantos hermanos indios desgarra el aire con su aliento y yo, como perdido en el tiempo y en el espacio, pero absolutamente encontrado, me deslizo por ese suave sendero que es el de la seguridad certera de que la suprema inteligencia nos envuelve a todos, nos mira con ojos de amor bellísimo y nos susurra al oído:

Todo surge de la Luz y a la Luz regresa…
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