No hay distancias ni fronteras para la Luz

José Antonio Iniesta
José Antonio Iniesta

José Antonio Iniesta

Escritor e investigador

A Rosalba Bermúdez, que recuerdo con un tambor en la mano, con un latido en el corazón y con el fuego sagrado de la Madre Tierra en lo más profundo de su alma.

Sé, con la emoción de esta piel que se estremece, que estando en tu recuerdo también estaré a tu lado, invisible, aunque sólo sea como ráfaga furtiva de luz. Me emociona cada palabra tuya, cruzando a través de las redes virtuales el inmenso océano, el cielo que nunca nos separa, pues nos une a cada instante con lazos que perdurarán por toda la eternidad.

Sobrecogido quedo, agradecido siempre, callado dentro de mí mismo, al leer que me tendrás en tu recuerdo y en tus oraciones, en la iniciación de la danza de la luna en Teotihuacán.

Siempre la luna, como un presagio del ciclo interminable… Nunca olvidaré aquella velación de los bastones sagrados, uno de los cuales me llamaba por mi nombre, cuando compartimos la noche a la luz de la luna, danzando, cantando, gozando con la luz del candil de plata de los sueños, que se encendía acompañado por las estrellas. Abríamos los ojos todos los ahaukines, de par en par, para que el sueño no nos venciera, y escuchábamos tus sabios consejos para convertir el pequeño sacrificio de una noche sin descanso en una entrega amorosa a la Madre Tierra. Teníamos la luz del fuego sagrado, y los susurros bajo los árboles de Mérida, en las sagradas tierras del Mayab.

Y late en mí el compás de los ritmos de las danzas sagradas de la luna, enseñándonos a acercarnos al prodigio de su movimiento perpetuo. Yo imitaba el toque, la forma en que se mecían tus manos, soñando que era uno más de aquella estirpe de hombres y mujeres consagrados a lo largo de los siglos a recuperar la memoria colectiva de la humanidad.

Ahora que me tienes en tu recuerdo, en las tierras de Teotihuacán, entregado como estoy a este juego amoroso del Sol y de la Luna, en la Tierra que me ha dado la vida, quiero hablarte desde mi condición de Luna Galáctica Roja, desde la plenitud de mi onda encantada del Viento, desde este flujo universal, este manantial y cauce, en el agua que nos ilumina a cada instante, pues te recuerdo con la más profunda densidad de la nostalgia, del anhelo, de la añoranza, con esta emoción de los recuerdos que vivimos en las tierras de los antiguos sacerdotes y sacerdotisas del Sol.

Inolvidable será el instante supremo cuando en ruta de peregrinos sentí el impulso de la inspiración, que me llevó a componer versos y versos sin fin, como si los hubiera estado escribiendo siempre. Y tú, callada y sonriente, mirabas hacia adentro, escuchando cada una de mis palabras. Esos son lo que llamo versos al viento, los que se pronuncian para no volver a ser escuchados más, pues son llevados como ofrenda por el viento del brevísimo pero eternizado instante.

Recordada será cada danza que nos sumergió en la magia de la historia, en lo más profundo de la selva, cuando nuestros pies desnudos alcanzaban a tocar la tierra y el cielo, en el continuo vaivén que apenas si rozaba el suelo.

Nos unió el tambor, el estremecimiento de su vientre sonoro, y el haz plateado de la luna; nos unió el cántico y la danza, y el haz dorado del Padre Sol, encendido como ascua viviente.

¿Quién como nosotros llorará de emoción en lo más profundo del corazón, saboreando el lenguaje que habita en un suspiro? ¿Quién escuchará la palabra que duerme en el silencio, recordando el profundo mensaje respirado?

¿Dónde está la distancia si no existe? Si reclamo la condición de hijo del Haz de Luna de Khalima, el aprendiz de mago que nació de mis sueños para emprender una aventura en la que siempre será mi primera novela iniciática: “El enigma de las siete luces”.

Todo ronda alrededor de la luna, siempre lo estuvo, en esta esencia de Luna Galáctica en la que me constituyo. Por eso permíteme que me una a tu oración sagrada, a la danza que durante cuatro días te habrá elevado por los aires, desde que se oculta el sol hasta que amanece.

Es tu reino ahora el de la noche, para ser iluminada por esa misma luna que he ido contemplando en los últimos días. Luna llena como un ensueño, llena de sueños, ensoñadoramente llena…

Por eso uno el golpe en la piel de venado de mi Ollin Eterno, Movimiento Eterno, con la cruz de Quetzalcoatl girando con el eterno movimiento del Universo. El corazón que late, que me regaló nuestro común hermano Ikxiocelotl, Garra de Jaguar, duerme su sueño de la magia interminable junto al bastón sagrado que vino de las amorosas manos de Nah Kin, en la profunda selva de Bonampak.

Allí está también tu esencia, en esta inexistencia de distancia. No existe separación que nos desuna, ni tiempo que nos aleje. ¿Cómo habría de ser, ahora que vivimos en la plenitud de ese estado interior de conciencia que es el Tiempo? El tiempo de la cuarta dimensión, y el espíritu de la quinta, en la carrera interminable que nos lleva a través del Kuxam Suum hacia los reinos paradisíacos de Hunab Ku, el gran dador de la medida y del movimiento.

Vibro de amor espiritual a compartir con mis hermanos de las tierras de América esa herencia que era mía por naturaleza propia, la del recuerdo. Nadie es del lugar en el que nace, sino de aquel reino del que procede, de aquellos mundos en los que se siente a sí mismo, de aquellas frecuencias en las que su alma habita.

El vuelo de la Serpiente Solar nos llevó tan alto que para qué habremos de bajar ahora si el cielo se ha cobijado en nuestro interior y no nos deja perdernos ya en los caminos de la vida.

Por eso, hermana Rosalba, portadora del fuego sagrado, silenciosa siempre, collar de palabras que destilan la sabiduría de lo supremo, me siento pequeño ante la magnitud de tu recuerdo, del hecho de que, en tan magna obra como es la corriente Toltekayotl, ahora que danzas al compás de la luz de la luna (digno reflejo del astro rey Sol), en las entrañas sagradas de la ciudad celestial de Teotihuacán, lleves en tu corazón y en tu mente a este aprendiz de mago que recorre los caminos de la vida en busca de la memoria perdida.

Danzaré contigo, invisible, imaginario, pero real y cierto como la luciérnaga que se enciende en la noche: pequeña, pero voluntariosa; como el colibrí que vuela entre las flores: pequeño, pero veloz y atrevido; como el último y más nimio grano de arena de una playa: pequeño, pero necesario para que no falte nada de lo creado sobre la faz de la Tierra.

Con la humildad del que abre las manos, del que muestra los ojos mayas que no encierran secretos, el que es como tú con el In Lak’ech del código de honor, acudiré con el velo del sueño, en las infinitas líneas del Tiempo, para hacer sonar por un instante el Ollin Eterno de la danza del Sol, al amparo de la Luna, para seguir aprendiendo de tu mirada, de las cuentas de rosario de tus palabras, y aún más todavía, de ese sonoro silencio con el que hablas.

Sé que la fe te hará mover montañas, que tu frágil apariencia hará que se desplacen las rocas a tu paso. Y con ese porte airoso de quien reconoce a un tambor como un ser vivo, hasta las flores formarán un coro para la música de tus cantos amorosos.

Huelo la ruda de mi patio, su sagrado aroma, y con el redoble de este corazón emocionado, que te recuerda, que te anhela, que te añora, te deseo el rumbo cierto que siempre has mantenido, para que esa luz que buscas extender por el mundo llegue de verdad a los que nunca comprendieron el misterio y la entrega de tu pueblo.

Sea la paz contigo, por cobijarme en tu corazón, a mí y a mi familia, y que la luz se expanda como es su destino, como es su sentido, como es su expresión primera y última.

Sea la paz contigo…

 

TITOTASQUE, CUALLI OCTLI. NITAKUYASIN OYASIN OMETEOTL

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