Óscar y la bandera de la paz

José Antonio Iniesta
José Antonio Iniesta

José Antonio Iniesta

Escritor e investigador

Hay ocasiones en que la vida te depara la suerte de conocer a personajes singulares, ataviados con la aureola de las más extrañas dignidades, aventureros que más parecen surgidos de tiempos pretéritos. En pocos de estos casos alguien tiene la oportunidad de compartir amistad, camino y proyectos con uno de estos seres inclasificables, de difícil definición, que parece, no sé ni cómo, que su vida responde a una suerte de sueño de la especie humana, a una mutación providencial que nos ofrece la oportunidad de creer en lo imposible.

Uno de estos seres, todo un hermano en el camino de la luz, es Óscar Tinajero. Lo conocí en tierras de Mérida, estado de Yucatán, donde el mágico legado de los mayas concede a México su halo de sortilegio. Apareció como si surgiera del mundo de los sueños de los aborígenes australianos, o de alguna remota dimensión de los ahaukines mayas, los sacerdotes solares de Kinich Ahau. Quizás venía del otro lado de nuestras conciencias, o sencillamente surgía del Tiempo presente para mostrarme que aquellos seres míticos en los que siempre había creído, los eternos caminantes, existían.

Con él estaba Don Rubén Reyes, un chamán y curandero mixteco al que le tomé cariño nada más ver sus brillantes ojos, su bastón con cabeza de serpiente con plumas y su corazón dispuesto a darse a cada momento. También descubrí a su lado la mirada acerada y distante  de Xolotl, un mexica que acicalaba su penacho de plumas de faisán para participar en la danza sagrada, junto a su bastón de serpiente ondulante y su escudo con cabeza de águila. Entre ellos estaba el que también sería un compañero del alma, que nunca olvidaré, Omar, del consejo de ancianos del Venado Azul del pueblo purépecha.

Cuando vi a este imponente grupo de seres, ataviados con sus plumas, sus bastones, el cestillo con el maíz sagrado, los colores del arco iris y esa mirada ancestral de las distintas etnias del pasado de México, de la raíz mágica de Mesoamérica, me estremecí. Y de una forma sorprendente, tal como siempre lo había imaginado, me sentí parte de ellos, sin que apenas la vestimenta, el color de la piel o la cultura, nos diferenciara. En lo más profundo de mi ser sentí que eran mi gente, que estaba unido a ellos por lazos imposibles de romper, el de un destino que nos unía a todos nosotros en el designio supremo del Gran Espíritu.

Escaso es el equipaje de Óscar, destinado por decisión propia a recorrer el mundo con sus pies y con sus sueños, por lo que ha de prescindir de casi todo a excepción de sus baluartes mágicos: el sincronario de Trece Lunas, esencia del tiempo maya, y una brújula galáctica, con los que ofrecer como regalo supremo, a todo aquel con el que se encuentra, la más grande de las ofrendas, un pasaje para viajar en el tiempo. Y no es una simple metáfora o un juego de palabras, sino la primera oportunidad de conectar con el Tiempo del Orden Sincrónico, nada más lejano al tiempo artificial del calendario gregoriano por el que nos regimos.

Ya hacía tiempo que la magia del destino y numerosos e incomprensibles vericuetos me habían llevado a conocer el inmenso legado de las Trece Lunas, por lo que me sonreí con satisfacción cuando vi a Óscar, que manejaba con suma habilidad la brújula galáctica y le explicaba a todo quisque viviente cuál era su firma galáctica, el sello solar y el tono galáctico con el que habían nacido, es decir las dos frecuencias que los mayas descubrieron y que llegan a la Tierra, desde el centro de la galaxia, justo el día en el que una persona determinada nace.

También reconocí desde el primer momento el significado de la bandera de la paz que portaba en sus manos, como si llevara, tal como realmente era, un inmenso tesoro. Era la bandera de la paz de Nicholas Röerich, artista y aventurero que habría sido una de las pocas personas a las que se les habría permitido alcanzar la mítica Shambhala. Me llenaron de gozo las tres esferas rojas rodeadas por el círculo del mismo color.

Óscar es un eterno peregrino, que como él dice, vive en el hotel con más estrellas del mundo, el de cualquier rincón desde el que contemplar la miríada de estrellas del cielo interminable, por más que le dé el frío al dormir al raso.

Después de contemplarle en silencio nació una gran amistad entre nosotros. Le vi remendar su bandera y decir: “ya está curada”, como si de un ser vivo se tratara. Caminé con él por los centros ceremoniales mayas, viviendo experiencias, sintiendo energías, que escaparían a cualquier mente racional humana que no se atreva a profundizar en el legado de las tradiciones antiguas.

Caminamos juntos por Ek Balam, Lucero Jaguar, contemplando los mascarones de Kinich Ahau, la divinidad maya solar. Hicimos nuestra el agua sagrada de los cenotes, recorrimos los sacbé, los caminos de la luz, como aquella vez que seguimos el camino de la serpiente a través de Chichén Itzá, la ciudad creada como reflejo de las Pléyades.

Juntos llegamos a Uxmal y bajo el viento desplazado por su bandera alcancé Xochen, el ombligo del mundo maya, para tocar la piedra que según la tradición alcanza el corazón de la Tierra. En aquel centro telúrico la bandera de la paz ondeó con sus mejores galas, como lo hizo en Mayapán, cuando contemplamos, en compañía de nuestro hermano purépecha, Omar, el inmenso disco luminoso que rodeaba al sol justo cuando entramos a las “cápsulas de lanzamiento” de una pequeña pirámide, donde habría de vivir una de las experiencias más increíbles de mi vida.

Fue sin duda uno de los viajes más hermosos. Con Óscar compartí los dulces que sacaba del fondo de su mochila, los granos de maíz sagrado de Omar y las almendras, que significan luz en hebreo, con las que el abuelito Don Rubén nos obsequiaba, mientras nos hablaba de sus conversaciones con el Popocatepetl, el gran volcán de la tradición mexicana.

Pero todos los caminos llegan a un punto en el que tienen que separarse, por más que en nuestro caso la amistad haya de perdurar hasta el fin de los días. La última vez que vi a Óscar fue al despedirnos, en el cruce entre Yaxchilán y Bonampak, en la profundidad de la selva maya, camino de Brasil, en su caminar constante para mostrar la luz a todos los hombres y mujeres del planeta.

Se me encogió el alma cuando lo vi partir, pensando que tal vez no volvería a verlo jamás, pues pocos días después regresaría yo a España, para continuar mi propio camino de descubrimiento interior, de iniciación y de búsqueda del misterio.

No podía ni imaginar en ese momento que el destino habría de depararme la mayor de las sorpresas.

En menos de un año una gran aventura me llevó hasta los Andes, para  recorrer los centros ceremoniales de Perú y Bolivia. Esta propuesta había surgido en tierras de Uxmal, cuando canalizadores de distintos países compartieron unas visiones que indicaban la necesidad de realizar un trabajo de despertar interior, una activación de los lugares de poder, en las tierras del antiguo imperio inca, y todo ello alrededor de un centro telúrico y mágico excepcional, el lago Titikaka.

Así fue cómo de nuevo, con el paso airoso de los ahaukines, los sacerdotes y sacerdotisas mayas, siguiendo el trazo del destino en los secretos surcos de una mano, un grupo de personas venidas de los más lejanos confines nos reunimos en el llamado por los incas el ombligo del mundo: Cuzco, una de las ciudades más hermosas que he visto en mi vida, declarada Patrimonio de la Humanidad.

Nunca habrá palabras para expresar lo que vivimos en el Coricancha, el templo del Sol del centro del imperio, o en las entrañas de la tierra en Kenko. Porque todo era antesala del sendero iniciático que habríamos de recorrer en el templo de la Luna y una vez surgida la luna en el cielo, en la mágica roca de Sacsayhuaman, a través de una larga hendidura en completa oscuridad. A gloria nos supo tanto encuentro con la Madre Tierra, y el rozar el cielo en Ollantaytambo, mientras recorríamos, sin saberlo entonces, el lomo de una gigantesca llama. Eso sí, maravillados con la perfección de tanta terraza elevándose en el aire y disfrutando del espectáculo grabado en piedra del gigantesco inca, y del rostro de Tunupa, custodio de los graneros antiguos.

Poco podíamos imaginar que la ciudad levantada sobre la piedra que se quedaba minúscula allá bajo era una inmensa mazorca. Sus granos eran las propias viviendas. Yo estaba en lo más alto, junto al templo del Sol, asombrado de la capacidad del pueblo inca para haber subido hasta allí miles de rocas, recreando con la arquitectura sagrada la propia armonía de la naturaleza. Me sobrecogían especialmente las seis piezas de aquel inmenso altar, con ciento ochenta toneladas cada una, traídas de la montaña de enfrente, elevadísima ella, arrastradas a través del valle y del río, y subidas, como nunca llegaré a comprender, hasta la cima en la que falto de oxigeno respiraba con gran dificultad.

Contemplaba el gigantesco rostro del inca, tallado en la verticalidad de otra montaña, cuando por el rabillo del ojo vi el tejido blanco de una bandera que ondeaba en el aire. Las tres esferas rojas agitaron mi corazón, pues al instante reconocí el símbolo que mis ojos habían visto, hasta que desapareció, en las lejanas tierras de México.

No podía dar crédito a lo que veía. En la cima de Ollantaytambo estaba Óscar, quien al escuchar mi grito de júbilo vino a abrazarme. Ése será uno de los momentos mágicos del viaje, el descubrir que poco importan las fronteras, las distancias, el tiempo incluso, cuando los seres que buscan un nuevo futuro para la humanidad acaban encontrándose allá donde sea necesario.

Con aquella alegría inmensa, bajo la lluvia que empezaba a caer, bajamos de la montaña caminando por el lomo de la llama sagrada, para compartir un círculo mágico en las cercanías de un medidor de tiempo que unía los tres mundos con el movimiento de la luz y de las sombras.

Así fue que compartimos de nuevo el camino, y mágicamente parecía que, como si no hubiera pasado un solo día, estuviéramos en las cercanías del Templo de las Siete Muñecas de Dzibilchaltún, en Yucatán, o bajando hasta la tumba del Rey Serpiente, Pacal Votan, en la selva lacandona de Palenque, estado mexicano de Chiapas.

Mayas e incas, los espíritus de los ancestros, nos envolvían por todas partes. Así recorrimos infinidad de caminos hasta ascender a Machupicchu, donde en silencio nos miramos, contemplamos aquella grandeza de los tiempos pasados y… presentes, sin necesidad de pronunciar palabra alguna, porque éramos conscientes, como si una mente común nos dijera lo que estaba ocurriendo, de que mucho antes de que los incas llegaran hasta allí, una escuela de conocimiento antiquísima había sentado las bases para que la arquitectura sagrada, la matemática del cielo, la armonía entre el hombre y la naturaleza, nos dejaran un legado que se perpetuará por siempre.

Allí suspiramos, sobrecogidos por las agujas del macizo rocoso, por las nubes que se elevaban desde abajo para envolvernos, con la belleza de las gigantescas flores, las orquídeas que teñían de color esa inmensa fortaleza verde que se encaramaba por la verticalidad de tan increíbles montañas.

Nunca había visto nada semejante, nada más bello y estremecedor. Nunca la fuerza telúrica de la naturaleza se había aliado de forma tan perfecta con el arte surgido de las manos a la hora de construir templos y terrazas, cuyos trazos me recordaban a un oleaje cíclico de piedra que azotara los muros antiquísimos de este diseño arquitectónico, que reflejaba, para el cielo y la mirada de los dioses, pumas, aves, cocodrilos o el rastro invisible de los apus o espíritus de las montañas.

Allí estaba de nuevo la bandera de la paz de Nicholas Röerich, a juego mágico con el corpulento porte de las llamas encaramadas a un pulido bloque de piedra desde el que me asomé al vacío para llorar con la emoción de lo inevitable, de esa certeza de lo que realmente suponía la fortaleza del aire, de ese recinto sagrado de los espíritus libres, de esa concepción astronómica que podía leerse en cada piedra orientada hacia las montañas sagradas, para dibujar una y otra vez, por toda la eternidad, los solsticios y equinoccios, el movimiento de las estrellas.

Bebí con Óscar el agua que surgía de la canalización que atravesaba el templo del Sol, animado por él a sentir el fresco espíritu del agua de la vida, y juntos cantamos en el descenso glorioso de Waynapicchu, en el que tuve que poner toda mi atención para no perder la vida con un simple resbalón que me hubiera arrojado al más bello pero interminable de los vacíos.

De nuevo nuestros caminos se habían encontrado y en ese cruce de caminos me alcanzó el escalofrío hasta el último poro de mi piel, hasta el último de los cabellos, cuando pronuncié como hechizado el nombre de Kalasasaya, desde el templo semisubterráneo de Tiwanaku, ya en Bolivia, ciudad milenaria, templo del espíritu supremo de una de las más antiguas civilizaciones.

Para llegar hasta allí nos habíamos adentrado en lo más profundo del lago Titikaka, arribando a las islas flotantes de junco de totora de los antiguos uros. Partí de uno de estos islotes flotantes, entre la treintena que salpicaba el inmenso lago, todo un “mar” interior, el lago navegable a mayor altitud del mundo. Óscar se quedó ondeando la bandera en lo alto de un gigantesco pato de totora, excelente observatorio para ver qué embarcaciones se acercaban al islote. Desde allí, siempre viviendo la aventura, alcanzaría Amantani, la isla, ya de pura piedra, donde habríamos de convivir, a la luz de la vela y en casas de adobe, con los nativos kollas.

Preocupado me quedé cuando en aquel día de lluvia intensa, a punto de amanecer, vi que Óscar no embarcaba con nosotros camino de la isla del Sol, para visitar el altar en lo alto de la montaña con la vista de la esencia y la belleza del lago, justo donde con todo su poder surgió nada más y nada menos que Wiracocha para que los dioses primigenios de esta nueva humanidad caminaran y buscaran con el cetro de oro la nueva ciudad, el ombligo de un imperio, que llegaría a ser Cuzco.

Pero Óscar llegó por su cuenta. No sé si fue volando o zambulléndose en la espuma de alguna embarcación, pero tan milagrosamente como siempre arribó a aquella isla mágica, centro del mito del nuevo origen del mundo y de los seres que habrían de poblarlo.

Así, entre prodigio y prodigio, ahora estábamos en Tiwanaku, rastreando el paso de los seres cuya memoria se honraba con las cabezas de piedra, comprendiendo con estupor que la postura de mis manos era la misma que descubriría en el monolito central, que el movimiento de la serpiente que habíamos realizado era el del ofidio que escalaba por la columna de piedra.

Fue en aquellas tierras bolivianas donde Óscar, siempre oportuno, invisible y constante, presente y desaparecido a cada instante, todo a un mismo tiempo, se encontró con los dos amautas, los sabios de las comunidades nativas ancestrales, y los trajo para que pudiéramos hablar con ellos y disfrutar de la sabiduría de su palabra, accediendo a la magia de la dualidad, del respeto a la naturaleza, a la Madre Tierra que con aroma de coca, ofrenda de feto de llama y sabor de chicha, se manifestaba en cada ritual del altiplano.

Aquella noche, tras el encuentro con los amautas, fue el último momento para este nuevo encuentro con Óscar. Nunca podré contar todas las sensaciones que compartí con él en esta nueva andadura: empapados por la lluvia en las montañas de tres mil a cinco mil metros de altura, el brillo de los cuarzos en los altares más bellos que nadie pueda imaginar, el roce con la piedra de los templos, los cánticos del sacerdocio solar y tantos y tantos sentimientos sublimes.

Con la tristeza que siempre genera una despedida, ahora sé con absoluta certeza que pronto llegará el momento, aunque sea dentro de mil años, en que nuestros pasos se encuentren de nuevo, porque ninguno de los dos creemos en la separación del tiempo y del espacio. No dejaré de recordar a un caminante íntegro que vestido de colores arco iris, con el simple petate de lo justo para un viaje por la eternidad, recorrerá ahora quién sabe qué mundos de Dios, qué insólitos caminos.

Cuando me lo encontré por segunda vez en Perú me habló del tren de la muerte que había tomado, en un peligroso trayecto hasta encontrarse con nosotros. En Amantani corría con la bandera de la paz en alto entre una marabunta de niños kollas. Lo miré en silencio y comprendí por qué tantas personas pensarían que era un loco aquel que hablaba del verdadero Tiempo, de nuestra conexión con el corazón cristal de la Tierra, de sellos y tonos que formaban combinaciones de la matemática sagrada, de los vórtices espacio-temporales de la Pachamama. Ninguna de ellas alcanzaría, de pensar en esto, la grandeza de aquel ser que había regresado como un niño a la inocencia de la naturaleza. Como custodio del sueño primigenio, del caudal de información de la mirada de unos ojos, era sencillamente libre, y por eso Dios sabe por qué país del mundo andará ahora transmitiendo el mayor de los secretos, el de que “El Tiempo es Arte”.

Si alguien lo encuentra en su camino, en un cruce de caminos en la vida, recuerde mis palabras y tenga la ocurrencia de mirarle a los ojos, guardar un rato de silencio y pedirle que le abra las puertas de su corazón. Mucho antes de que a alguien se le ocurra hacerlo, Óscar ya lo habrá hecho y estará dándole la vuelta a una rueda mágica de cartón para ofrecer, al que siempre ha considerado su hermano, un salvoconducto en la Ley del Tiempo, un billete gratuito y sin retorno al Orden Sincrónico, a la pura esencia del misterio planetario.

Por si alguien lo ve, viste de colores arco iris, no tiene más equipaje que su corazón y una bandera blanca de la paz que ondea sin cesar al viento. Se llama Óscar y es mi hermano, hermano de sangre de luz, mi hermano…

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