He regresado del desierto

José Antonio Iniesta
José Antonio Iniesta

José Antonio Iniesta

Escritor e investigador

13 de noviembre de 2009

 

Ya he regresado del desierto del Sáhara, en Argelia, de convivir con el pueblo saharaui, con las manos y los pies pintados de henna, de un lugar desolado y lleno de afecto en el que me vistieron con las mejores galas con motivo de la celebración del Ramadán. Aquellas buenas gentes han cautivado nuestro corazón. Tanto a Llanos, mi esposa, como a mí, nos dieron todo el cariño del mundo. Fuimos de jaima en jaima, saboreando el té y buscando la magia en cada casa de adobe.

Ha sido una aventura maravillosa, inolvidable, un viaje en el tiempo, muchos siglos atrás. Llegué a meterme en la piel de un saharaui y conviví con ellos haciendo lo mismo que pudieran hacer en cada momento, como si fuera uno más. Me fui a hacer una investigación y he regresado con una lección humana inolvidable, que me ha transformado una vez más. Ahora tengo dos familias allí (dos hogares para cuando quiera regresar), aunque sería mejor decir dos clanes que nos hicieron una infinidad de valiosos regalos, además de lo más importante, su absoluta entrega. Ellos, que tienen que hacer todo lo humanamente posible para sobrevivir cada día.

Es importante viajar, conocer otras culturas, para comprender hasta la saciedad que no somos el ombligo del mundo, que somos unos privilegiados por todo lo que tenemos, en exceso, por lo que es nuestra obligación moral compartirlo con los más necesitados. Pero a la vez, ellos nos dan lecciones a cada momento, de entrega, de desprendimiento, de cercanía, de calidez, de solidaridad, y lo más importante: de esa inmensa alegría que desprenden a pesar de tanto infortunio. Cuánto podemos y debemos aprender de ellos, todos nosotros, que nos quejamos y quejamos constantemente, navegando como navegamos en la abundancia.

Nunca he visto tanta hospitalidad, tanta entrega, tantos cuidados. Desde cómo te ponen el turbante a cómo te abrigan con mantas para que no pases frío. Te besan las manos, te acarician, te colman de regalos y atenciones, y todo ello te parte el corazón cuando te marchas, y los ves, aguantando las lágrimas, mientras los miras desde lo alto de un sufrido vehículo, que parece que se fuera a partir por la mitad de un momento a otro,  que se adentra a una velocidad de vértigo en otro de los muchos infinitos horizontes del desierto.

Si no fuera por la familia, por el trabajo y por ciertas circunstancias, no dudaría en coger el avión y volver a esa «»ciudad de luz»» perdida en la más sobrecogedora extensión de arena del planeta.

Poco a poco sabrás de esta aventura… Ahora a duras penas me enfrento a esta otra realidad, incomprensible a más no poder, después de haber visto tanta pobreza, tanta necesidad, y a la vez tanta grandeza humana y tantas sonrisas y esperanzas por vivir.

Los saharauis creen que les estamos ayudando, y aunque es así, no se dan cuenta de que es al revés, porque todo lo que materialmente les damos nos lo devuelven con creces, gastándose lo que haga falta, lo tengan o no, para colmarnos de vestimentas, collares, pulseras, sortijas, alfombras, o hasta la cabra, que querían que me la trajera en el avión. Y en lo humano, nos enseñan a comprender lo que es la solidaridad, a asumir nuestra vergüenza por tener tanto mientras hay tantos seres que tienen tan poco. Nos enseñan a vivir en plena naturaleza, unidos todos como hermanos.

Me duele la sonrisa en los rostros de los niños que veían el cielo en un caramelo, mientras sus labios entreabiertos mostraban dientes amarillos con manchas rojas por el agua que beben. Me duele ver la estantería que tengo llena de medicamentos que nunca utilizaré, después de ver lo necesitados que están de una simple aspirina. Me duele el esfuerzo que tengo que hacer para guardar la ropa en el armario abarrotado de prendas, recordando la ropa ajada y sucia con la que se visten tantas criaturas. Me duele tanto exceso de comida que arrojamos diariamente a la basura, una vez visto cómo corretean los niños desnutridos.

Y sin embargo, todo allí era alegría, cánticos, caricias entre todas las manos, saludos cada dos metros que andabas, y miradas de esperanza. Esta vivencia del Islam no tiene nada que ver con lo que injustamente nos quieren hacer creer que es su religión las insidiosas mentes que todo lo perturban, ya sean de Oriente o de Occidente. Ya quisiera yo ver esta hospitalidad, esta unión solidaria, esta sencillez, en cada una de nuestras ciudades españolas. Pero además de eso, los saharauis parecen de otro mundo, de otra dimensión, como algún día trataré de explicarte. A buen seguro que su origen nómada ha impregnado sus genes de esa sencillez y bondad de los pueblos vinculados a la naturaleza. Eso les concede una gran dignidad, un porte que brilla por encima de su terrible situación. Sus ritos son inequívocos, rebosan hospitalidad y desprendimiento. Sus prendas son multicolores, tiñendo el árido desierto de un vergel de flores que son ellos mismos y sus movimientos. Conservan su nobleza, la mirada perdida en el infinito del beduino que sabe que su hogar esta siempre en su corazón, que su destino está siempre en algún lugar del horizonte.

Me enseñaron, más que nunca, el valor de un trago de agua, lo cercana que puede estar la vida de la muerte en un desolado mar de arena, el milagro que puede hacer todo un pueblo unido con los mínimos recursos, cuando todo es de todos y cada uno ayuda al que tiene al lado.

Nunca olvidaré el caminar por el desierto, bajo las estrellas, aprendiendo a ver la huella de los camellos, ni el amuleto contra el mal de ojo con textos del Corán que llevaba un niño de pecho. Quedará mi mirada en aquel cuenco donde bebí leche de camella, o en aquel otro en el que saboreé la leche de cabra. Escucharé la voz del curandero, de piel negra, veré sus ojos envueltos en la neblina, cuando me entregó un amuleto. Un hombre que fue esclavo y consiguió su libertad mostrando su bondad y sus virtudes. Resonará el tambor por siempre en este desierto infinito que a veces es la vida, como lo hizo en aquel lugar en el que jugué con los palos lanzándolos al aire y no se me cayó ni uno. Saborearé por siempre el té amargo como la vida, dulce como el amor, suave como la muerte. Recordaré cuando recorría el desierto con una carta que al llegar a su destino era besada y provocaba las lágrimas hacia adentro. Mis ojos guardarán para siempre la memoria de un sol poniéndose tras las dunas, cuando subíamos por un desnivel con riesgo de volcar en cualquier momento, y tantas y tantas miradas de infinito agradecimiento.

No se quedarán en el olvido los nombres de Alá en aquella casa de adobe, mi ducha fría en una indescriptible letrina, dejando caer el agua como el mayor de los tesoros, las plantas medicinales que me entregaron, la henna con un nombre sagrado en mi mano, en los dedos que ahora miro mientras escribo estas palabras que me provocan una honda emoción, irresistible llanto que uno siente muy adentro.

Ni los cánticos, ni las historias de beduinos, ni la interminable letanía preguntando por la familia, ni la tinta roja que no utilizan los saharauis porque les recuerda a la sangre de quienes cayeron en la lucha por liberar sus territorios ocupados, ni tantas y tantas cosas…

He aprendido tanto de ellos… Es tanto el dolor por la separación… Estuve allí menos de cinco días en el calendario, pero tengo la extraña sensación de haber estado al menos quince días, tal vez un mes. Es algo extrañísimo.

Me fui en busca de la aventura, de la magia, y descubrí los corazones más entregados que jamás haya conocido. Ahora tengo en dos clanes de familias saharauis decenas de nuevos amigos que todavía sueñan en el interior de unas jaimas alfombradas, con aroma a incienso. Hombres, mujeres y niños que son fogonazos de luz en un inmenso desierto.

¿Te habías preguntado alguna vez quiénes son los saharauis? ¿Sabes que son musulmanes y las personas más solidarias, nobles, hospitalarias, defensoras del papel de la mujer y de la solidaridad entre todos los pueblos que haya conocido?

¿Te sorprende?

¿Te has preguntando alguna vez por qué siendo el Sáhara ocupado por Marruecos su tierra originaria viven en condiciones inhumanas en Argelia, en un desierto en el que sólo su resistencia y esperanza les libra de la muerte y de la extinción como pueblo?

¿Alguna vez te has preocupado por saber qué comen, cómo viven, qué han de hacer para ver a sus familiares, en una y otra parte?

¿Sabes lo que es una jaula de arena? Un lugar del que no es fácil salir, donde no es fácil sobrevivir, en el que no es fácil acceder a la sanidad, a la educación a la… libertad. Con un terrible frío durante la noche, con un calor que puede llegar a matar durante el día.

¿Sabes que es una vergüenza humana de Occidente, de España principalmente, de las Naciones Unidas, que todo esto siga ocurriendo? ¿Lo sabías? ¿Sabías cómo se vive y se muere en el terreno más hostil del planeta?

Quiera Dios que llegue pronto ese momento en que el pueblo saharaui adquiera su merecida libertad y recupere el territorio que tan vilmente le fue arrebatado. Espero que lo quiera Dios, y también los hombres, pues todos tenemos una deuda moral con ellos, especialmente los españoles.

Hasta pronto, cuando de nuevo un sendero en el desierto nos reencuentre.

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