La mirada en el viento

José Antonio Iniesta

Fijar la mirada en el viento es imposible, porque el viento es únicamente aire en movimiento, pero vemos sus efectos con la absoluta magnitud de los ojos, y en ocasiones se nos cae encima lo que arrastra el viento. Así es el Gran Espíritu que todo lo mueve y lo transforma, que crece y disminuye, que se manifiesta con el sol y con la luna, y hasta con la inmensa oscuridad del cielo iluminada por miríadas de estrellas.

En todas partes hay espíritu manifestado, vibración expandida en toda la magnitud de la materia, de la multiplicidad de formas, susurrando, invisible como el viento, al oído de los que oyen y de los que siempre han estado completamente sordos para reconocer que hay misterio colgando de los aleros de los tejados, de las oscilaciones y ondas del remanso de un río, en el cáliz de una flor cuya especie nunca ha sido descubierta y en el vecino del quinto izquierda, pues no sabemos a qué dimensiones accede entre modorra y modorra.

El Gran Espíritu susurra sin sonidos al oído de los que escuchan y de los que siempre han hecho oídos sordos a las revelaciones que están más allá del perímetro concreto de la barra de una cafetería. Todos los monjes que a lo largo de la historia de la humanidad han sido, menos aquellos que hacen noble el dicho de que “el hábito no hace al monje”, saben que en la paz inexpresable del silencio es cuando se escucha con más claridad la voz de Dios vibrando en lo más profundo de cada uno de nosotros.

Los mantras han abierto las puertas desde tiempos inmemoriales para acceder a esos reinos de luz que parecen cuentos de hadas a los pregoneros del mal tiempo, a los acumuladores a destajo, a tiempo completo, de montañas de dinero que lo único que hacen es enterrarlos antes de tiempo en montañas de papel con las que no se puede comprar ni un segundo de verdadera gloria.

Hay tantos credos y negaciones como seres humanos existen, pero no hay más que un Gran Espíritu, Dios, Luz, con todos sus incontables nombres, obrando de forma prodigiosa, seamos o no conscientes del plan trazado para nosotros o para el conjunto de los seres humanos.

“Dios no se equivoca”, es afirmación propia de los místicos, y así entiendo que lo es, por más que allá donde pongamos los ojos veamos caos y destrucción, cachaza y mala intención, pero el plan de Dios no se manifiesta necesariamente a través de lo que nos place, lo que se ajusta a nuestras necesidades, sino a lo que realmente nos enseña y nos aporta una lección de vida para acceder progresivamente, a través de múltiples existencias, a un nivel superior de conciencia.

Y así como cuando no vemos el viento, sentimos que nos acaricia, nos toca el alma el Gran Espíritu y lo sentimos con infinita ternura y lágrimas de amor en los ojos, aunque todo parezca a nuestro alrededor igual que siempre… 

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