Del libro inédito “El viento de un suspiro”, de José Antonio Iniesta.

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Aleluya

Aleluya, un anciano que subía por una montaña en el Tíbet descubrió que lo más importarte del viaje, a pesar del cansancio, era llegar a lo alto del templo y encontrarse con la figura del Buda complaciente.

            Aleluya, el alquimista del pasado supo con certeza que lo más importante no era convertir el plomo en oro, sino transformar el plomo de lo más burdo de la materia, lo que es caduco y pasajero, en el oro de del espíritu que nunca muere, que trasciende a todas las limitaciones y es uno con la Fuente de la que surge.

            Aleluya, el rico y avariento que durante toda una vida había acumulado una inmensa fortuna, aunque fuera despojándole de sus más mínimos recursos a aquel que hubiera encontrado a su paso, tuvo un vislumbre, un estado de lucidez, al borde de la muerte, y se dio cuenta de que ninguno de los cientos de kilos de monedas, lingotes y joyas de oro que tenía se los podría llevar al otro mundo. No había carreta de bueyes, ni barco, ni avión, capaz de recorrer con su tesoro el océano de la luz en el que solo el espíritu no se hunde.

            Aleluya, el joven constructor de catedrales de la Edad Media contempló la palanca utilizada para levantar grandes sillares y pensó que si hacía lo mismo con sus ganas de vivir y triunfar en la vida, podría hacer cuanto quisiera, que no habría piedra en el camino de los desafíos capaz de impedir que alcanzara su meta.

            En todos los lugares de todos los tiempos hay seres que de pronto descubren lo mejor que se ha puesto en el sendero que recorre para su propio aprendizaje. Viene luz desde todas las partes para alumbrar incontables oscuridades. La historia de la humanidad es un desastre, y al mismo tiempo un semillero de voluntades para que la especie humana avance.

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