Vendrá un mañana de rosas y lavanda

José Antonio Iniesta

Menos mal que a este mundo le queda la ternura de un niño que apenas sabe de lo que es la inquietud de la vida, y muestra con el brillo de sus ojos lo que es una galaxia con todas sus estrellas.

            Afortunadamente siempre nos encontraremos con una flor que nos recuerda que el conjunto de sus pétalos es un mandala de la matemática sagrada, un juego mágico de los números y los códigos secretos para convertir el misterio de la luz y el sonido en armonía de la forma, del color y el aroma.

            Gracias a Dios, el viento nos acaricia de vez en cuando, remueve nuestros cabellos y nos recuerda que todo es movimiento, pasajero, y que hay que agarrarse a la vida, a un enlucido si hace falta, y a una promesa que le hicimos a nuestra madre, para seguir viviendo con la certeza de que el alma es el mágico contenedor de nuestros sueños.

            Quiera el Cielo con mayúscula, no el de las nubes y en el que vuelan los pájaros, que siempre tenga ojos para ver de otra forma, y estos dedos que no tocan el piano, pero como si lo hiciera, tecleando a una velocidad de vértigo lo que experimento y siento.

            Siempre habrá un camino poco transitado para emocionarse contemplando el robusto tronco de un árbol, esos rascacielos de la naturaleza que la gente, ingenuamente, cree que carecen de entendimiento. Ay, qué será de las generaciones futuras el día en el que la humanidad descubra lo que habita, palpita y siente en el interior de un tronco, entre sus ramas y en la frondosa copa tan llena de conocimiento.

            Cuánta ternura escondida hay debajo de cada piedra, en ese corazón desconocido que tiembla y sufre por sus hijos, el amor desconocido de la Madre Tierra.

            En todo aquello en lo que uno quiere creer hay un refugio para la lluvia de meteoritos que cada día nos cae al levantarnos, esa horda de pesadillas que de vez en cuando se escapa del zoo de las sombras que algunos alimentan con el miedo.

            Hay luces que brillan en lo más oscuro sin que apenas nos demos cuenta, ángeles escondidos a la vuelta de una esquina que son los maestros del susurro, de las caricias invisibles y de los versos prometidos.

            Habrá que atrapar la esperanza tan pronto como nos asomemos a la ventana, buscarla entre las calles más retorcidas o en el más mínimo resquicio de una alacena.

            En todo trozo de papel que caiga en nuestras manos podemos dibujar el plano misterioso de una tierra prometida, donde habitar con el pulso sereno y la conciencia tranquila.

            Vendrá un mañana de rosas y lavanda, con canto de ruiseñor y un beso que alguien arrojó hace mil años y ahora nos llega para rescatarnos de tanta pena.

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