Un sentimiento con alas que nos libere del precipicio

José Antonio Iniesta

Tiene que haber un sentimiento con alas que nos libere del precipicio, de ese dolor que de vez en cuando, como el oleaje de un mar negro y espeso, nos azota y hace que encalle en un paisaje agreste el navío de nuestra alma.

            Ha de venir volando desde el reino de nuestros más profundos sueños, allá donde se preserva la pura esencia de nuestro niño interno, del propósito más elevado de nuestra existencia, para que no sea más agónico de la cuenta este contar las horas en un reloj de muerte y desesperanza.

            Y viene porque lo buscamos, o porque nos lo inventamos, porque lo sacamos de ese trastero oscuro del alma que es el desván de la memoria, el legado polvoriento, el de los legajos de una infinita biblioteca que guardan cada uno de los pasos que hemos dado, lo que ha sido nuestra familia durante siglos y siglos. Entre renglones hay un plano callejero de nuestra conciencia, el esbozo de una brújula que hace mucho tiempo dibujamos para que no nos perdiéramos en los cuatro rumbos de la existencia.

            Cómo puede provocar tanto gozo y tanto tormento al mismo tiempo el recuerdo, sentir la ausencia, con presencia, de los que se han ido, buscar la mano arrugada de una madre y sentir que todo tu ser se rompe como si fuera de cristal al caer desde lo alto de una azotea.

            El tiempo viene en ocasiones provocando heridas como un viento que desgarra la piel y nos deja completamente vulnerables ante los antojos, las trampas, las artimañas, de ese juego indescifrable del destino.

            Así que hay que encontrar un sentimiento con alas, aunque sea buscándolo debajo de las piedras. Seguramente vendrá volando en cualquier momento, cuando Dios misericordioso, que es realmente el único que nos comprende, se apiade de nosotros y entienda que ya estamos al borde de nuestras fuerzas, que ese precipicio que se nos antojaba peligroso comienza justo al lado de nuestras piernas.

            Qué viaje más extraño el de la vida, que siempre quiere que seamos guerreros para librar batallas, las que surgen desde dentro o las que vienen de fuera, ese arte extraño y agotador de superar desafíos, de estar siempre en guardia ante tanta traición y celada, por la muerte que se lleva a los que más queremos sin que podamos impedirlo. Qué rara es la existencia, que a cada momento nos pone a prueba, nos araña, nos muerde, nos taladra las sienes con los peores pensamientos que nos atormentan.

            Tiene que haber en algún lado, esperándonos, un sentimiento con alas que se apiade de nosotros y nos libere de este sufrimiento de experimentar la densidad de habitar como espíritu en algo tan incómodo como un cuerpo humano, siempre sometido a los azares y propósitos de las personas con las que convivimos.

            Quiera Dios que ese sentimiento con alas vuelva como tantas otras veces a salvarme de ese precipicio, tan vacío de todo y tan lleno también de todo, el cúmulo de todos los obstáculos que hacen que me sienta a veces como un ratón perdido en el interior de un laberinto.

            Naufragar y alcanzar la orilla de una tierra ignota parece ser siempre mi destino, caer y levantarme para seguir viviendo, convertirme en cenizas y resurgir como el ave fénix, aunque cansado ya de tanto morir y nacer de nuevo en una misma vida, de tanto vaivén del flujo de los sinsentidos, convertido siempre en un huracán y en una montaña rusa.

            Esta mañana no dejo de llamar a la aldaba de la puerta del Cielo, a ver si me envía un sentimiento con alas que me libere del precipicio.

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