Regreso de un tiempo limitado, pero que me ha parecido eterno, aturdido por ese marasmo de los ciclos que colisionan como si fueran placas tectónicas y provocan terremotos que acaban desgarrando el alma. Bien lo dijo el sabio, que hay un tiempo para morir y otro para renacer, y de la fisura entre dos etapas diferentes resurge el ave fénix con su vuelo incandescente, porque el fuego de uno mismo ha de quemar todo aquello que había provocado con su herrumbre tanto dolor al espíritu consumido por los vaivenes de la vida.

En esta sucesión de los días, de las flores y las nieves, de las nieves y las flores, en la que ha llegado la muerte simbólica tantas veces, vuelvo a estar por estos lares de lo inconsistente, lo pasajero, lo mundano, la frivolidad de lo humano, la estampa de tantos colores con fecha de caducidad, donde no sobrevive más que la voluntad y la pasión con la que se hacen las cosas.

Por lo demás, cuando uno resurge de ultratumba, aunque sea tan virtual como las redes sociales y la mirada misma, en lo liviano de lo que es absolutamente perecedero, se aquieta el pulso, como si todas las células se hubieran renovado a fuerza de disolverse en la nada para regenerarse de nuevo. Se ve con otros ojos, aunque sigan siendo los mismos, porque la vida se vuelve a saborear con refinado paladar y a cámara lenta, sabiendo con conciencia que la existencia es como un soplo de aire, que igual que viene se puede ir cuando nadie se lo imagina.

Sorprende volver a estar aquí, comprobar que, aunque uno se haya caído al mayor de los abismos, apenas nadie se dio cuenta, no se te echó en falta, no hubo ninguna muchedumbre preguntándose si estaba pasando algo que quebrara e hiciera trozos tu vida. Es entonces cuando viene la pregunta de para qué darte en carne viva, en mente y en espíritu pleno, desde que amanece hasta que anochece, a todo lo que respira, si nadie existe ni deja de existir para los demás cuando a todos nos ahoga el ruido de fondo de una sociedad de pesadilla.

Seguirán perdiéndose en el juego de las metáforas los lectores, se preguntarán qué enigma encierran mis palabras, pero nadie, salvo que se lo haya confesado, y ni eso, sabrá cuán profunda es la muerte cuando te has muerto en vida y has regresado a malas penas para contarlo.

En verdad, es necesario aquietar el paso, darse con sutileza a quienes verdaderamente lo merecen, que suelen ser, por lo general, a los que más descuidamos, por ese vicio y mala costumbre de la inmediata cercanía y la creída confianza. Amar, amar sin límites, es lo que hay que hacer siempre, pero teniendo bien pulida la caracola, limpia de polvo, para cuando tenga que regresar a su interior el cangrejo ermitaño, que ya no viene a cuento eso de tener que jugarse la vida a todas horas bajo el azote implacable de las olas.

Qué desazón y pesadez provoca esto de ir mudando de camisa como las serpientes, tener que ser oruga y mariposa tantas veces, y morir, morir hasta lo inexpresable, valga como metáfora, pues muerte real no hay más que una para cada vida, y la mía todavía me está esperando al otro lado de una desconocida hoja del calendario. 

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