Del libro inédito “El viento de un suspiro”, de José Antonio Iniesta.

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Abrazos

Que comience la revolución de los abrazos, a tumba abierta, a pecho descubierto, a destajo, a espuertas, a troche y moche, abrazos de locura y de pasión, abrazos de ternura y compasión, con caricias y susurros, con el más hermético silencio, abrazos con los ojos abiertos o cerrados, abrazos a quien amas, a quien te hizo daño, al vecino de ceño fruncido, al niño del sótano y a la anciana del tercero izquierda.

            Que una invasión de abrazos acabe con el virus de la distancia, que un calor de amor sin nombre alguno arrase por todas partes con abrazos en cada esquina, en los balcones, en el metro, en el metro y medio, en lo alto de los tejados y en todo el perímetro de los pantanos.

            Abrazos gratis con millones de sonrisas, de puro amor incontrolado sin pedir nada a cambio, solo por decir que quieres a la persona que te has encontrado. Abrazo a un perro callejero, a tu gato, a los árboles que hay en todos los paseos.

            Abrazo del blanco al negro, del negro al blanco, entre judíos y palestinos, abrazos en todas las calles de todos los pueblos, abrazos multiplicados por abrazos, en progresión geométrica sin brújula y sin calendario.

            Abrazo por decir te quiero, que no ofende cuando se dice de corazón al ser que sientes que es algo tuyo, sin conocerlo, porque es chispa divina también, una de las muchas ramas del árbol de la entera conciencia.

            Abrazos interminables, tiernos, con un In Lak’ech susurrado al oído, abrazos a los que están más sordos y ciegos al valor de un abrazo. Abrazos para romper la frialdad de quien nos mira como si no nos conociera de nada, aunque lleva treinta años de vecino a cuatro metros de la puerta de nuestra casa.

            Un mar de abrazos, una constelación infinita de abrazos, una cadena de abrazos que dé la vuelta setecientas setenta y siete veces al planeta, con todos sus ríos, prados y colinas, y hasta en el mar de los sargazos.

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