Se ahogó en un vaso de agua

José Antonio Iniesta

Del libro inédito “El viento de un suspiro”, de José Antonio Iniesta.

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Se ahogó en un vaso de agua

En aquella aldea perdida en las montañas todo el mundo se preguntaba, horrorizado, qué había ocurrido para que se produjera semejante prodigio. Nunca había sucedido nada parecido, y por eso los más ancianos y sabios del lugar se habían reunido para descubrir qué había pasado. Después de una larga vida de infortunios, de ingenios, creaciones, viajes y singulares proyectos, ninguno tenía una explicación coherente para entender la desolación que se había arrojado sobre aquel pueblo de tan buena gente.

            Nemesio Fresno Ánade, que era conocido por todos, nació en esa aldea, llevaba toda la vida trabajando como herrero y lo habían encontrado muerto: increíblemente se había ahogado en un vaso de agua.

            Nadie podía comprenderlo, un hombre tan fuerte, robusto, recio, acostumbrado al fuego de la fragua, al golpe del martillo, con músculos como columnas de bronce, apareció en el comedor de su humilde casa ahogado en un diminuto vaso de agua.

            Nadie lo entendía, y nadie lo entendió jamás, aunque para descifrar el entuerto llamaron a un astrólogo de la aldea de Hierbabuena, a un matemático ciego de la Rivera Ancha. No supo entender el enigma el juez más famoso de Verde Pradera, ni tampoco el maestro de escuela de Portillo Cerrado. Ni siquiera los consejeros del rey de Lago Muerto y Ennegrecido. Nadie, absolutamente nadie, supo qué había pasado. Tan solo un niño de siete años se atrevió a sacar sus propias conclusiones. Tan fuerte como pudo hablar, para hacerse escuchar, dijo que seguro que el buen hombre, por más que había desarrollado los músculos toda la vida, no había ejercido jamás la maestría para descubrir que para cada problema siempre hay una solución, y que no importa el obstáculo que se nos ponga en el camino, pues siempre puede haber voluntad para superarlo. Y por eso, incapaz de afrontar un mínimo problema, se vino abajo, con más miedo y confusión que inteligencia, y de esa forma se ahogó en un vaso de agua.

            Lo que dijo fue maravilloso, lo explicó con la oratoria de un docto catedrático de alta alcurnia. Lo hizo sin aspavientos, sin declamación alguna, con la naturalidad de un gran orador y la entereza de un hombre de sabiduría. Pero nadie le hizo caso, porque ninguno de los presentes escuchó una sola palabra de lo que dijo, atentos como estaban a escuchar a cada uno de los ilustrados que se arremolinaban en la plaza del pueblo cargando con todo tipo de pergaminos bajo el brazo.

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