La visión chamánica

José Antonio Iniesta

 

La visión chamánica

José Antonio Iniesta

 

(Publicado en facebook el 12 de octubre de 2020)

Hoy, y más que nunca hoy, lejos de las polémicas y del mundanal ruido, de la crispación de todos los tiempos, elevo mi homenaje a los guardianes de la tradición del continente americano, honrando su memoria, en el pasado, en el presente y en el futuro, compartiendo este texto que escribí el 29 de mayo de 2009 y que forma parte de otros muchos incluidos en uno de los últimos libros que he publicado: «El viajero del Tiempo«. Feliz lectura, que el conocimiento nos hermane a todos los pueblos de la Tierra, respetando todas y cada una de las tradiciones que han surgido en los más remotos lugares del planeta desde la oscura noche de los tiempos.

 

 

La interpretación de la vida desde un punto de vista chamánico, y el desciframiento que nos ofrece esta visión de las señales del Universo, son algunos de los gozos más elevados a los que puede acceder un ser humano.

            Toda una legión de seres que atravesaron el velo del espejismo de la tercera dimensión, de esto que burdamente reconocemos como realidad, nos ofrecieron las claves secretas para acceder, a través de un sendero de luz, a la multiplicidad de dimensiones que existen, a los distintos planos de existencia, a ese conjunto de rutas cósmicas que nos llevan a una comprensión de la existencia desde múltiples puntos de vista.

            La práctica chamánica, entendiendo que la Tierra es un ser vivo, con consciencia, que experimenta su propio proceso de elevación espiritual, y que todo, absolutamente todo, es manifestación de un orden elevado, que vibra y se expresa a través de distintas frecuencias, nos permite acceder a la armonía generada desde el comienzo de todo cuanto existe.

            La visión chamánica no sólo te permite acceder al prodigio de múltiples mundos paralelos, de fenómenos asombrosos que pasan desapercibidos al común de los mortales. Por encima de todo, te ofrece la oportunidad de experimentar la realidad con una complejidad enorme, que paradójicamente se manifiesta con la sencillez de quien comprende, cuando ve, no con los ojos físicos, sino con los del alma, tan sólo con que se produzca una experiencia de iluminación, que todo responde a un plan superior. Es en estos momentos cuando se produce uno de los acercamientos más gozosos de este camino, la experimentación de que no hay nada que nos sea ajeno, que todo forma parte de un Orden. Es entonces cuando una oleada de amor nos inunda por completo y descubrimos la coherencia de cada una de las afirmaciones de los grandes místicos de todos los tiempos, culturas y religiones. Estas experiencias suelen ser inefables, y por lo tanto no hay palabras adecuadas para expresarlas, al menos como uno quisiera, y acaban transformando por completo la personalidad del que las experimenta.

            El viaje interior, propiciado también por infinidad de viajes físicos a distintos lugares del planeta, donde he tenido la oportunidad de convivir y hermanarme con los guardianes del conocimiento de las más diversas culturas, clanes y linajes, me ha permitido vivir experiencias asombrosas que agradeceré toda mi vida, no sólo a las personas que hicieron posible el prodigio de acceder a lo que antes de vivirlo me habría parecido imposible, sino a todos los guías espirituales, seres de luz y ancestros que ya dejaron su envoltura de carne y hueso, que son los que siempre velan para que se hilen las sincronicidades (lo que parecen aparentes casualidades produciéndose en cascada), se abran los caminos y, en esa ley de causa y efecto, pero también de magia y sortilegio, se produzcan las situaciones más asombrosas e incomprensibles para que tengan lugar los acontecimientos que hacen posible los estados alterados de conciencia, la visión interior, el encuentro con los animales guía, que de una forma asombrosa responden a las órdenes secretas de la Madre Tierra, la apertura de las puertas dimensionales, las revelaciones de las plantas, arbustos y árboles, los grandes desconocidos, que parecen ajenos a la evolución del ser humano, pero nada más lejos de la realidad, siempre abiertos unos y otros a ofrecer el regalo de su sabiduría guardada en el silencio, y entre otros muchísimos aspectos de lo que se nos muestra como sobrenatural, extraordinario, la realidad inmanente de los seres mágicos de la naturaleza, que desgraciadamente han sido relegados a los cuentos de hadas, a los mitos y a las leyendas, como si fueran fruto de la imaginación, siendo tan reales como lo somos nosotros, en su propia apariencia, en sus refugios en la umbría de los lugares donde la naturaleza vibra con más intensidad.

            Cuántos arcos de la más pura geometría sagrada se levantan más allá de lo que conocemos como los átomos y las moléculas, en el origen de la materia, que es lo que denomino “el tejido de luz de la conciencia de Dios”, el patrón holográfico de la Creación, la manifestación más pura, íntima, primigenia, de lo que conocemos como divinidad, como ser omnipresente y todopoderoso, arquitecto supremo y dador de paz, amor, armonía y mansedumbre.

La naturaleza prístina vibra de una forma desconcertante, tanto la que vemos con los ojos físicos, encajados en un rostro, como la que se percibe en el astral, en tres dimensiones, a todo color, con más claridad incluso que la tercera dimensión, oculta a la mirada del mundanal ruido, del tiempo de las prisas, de las vanidades, del tanto tienes, tanto vales.

            El chamán es puente entre mundos, tiene una razón que no se somete a la razón de las calles con adoquines, que no puede ser medida ni comprendida por la ciencia, que escapa a la burda interpretación de los sentidos, porque es ajena a la tercera dimensión, al sometimiento y a la intolerancia de unas reglas que en este mundo de lo tangible pueden ser válidas, pero que no lo son en esos otros reinos de Dios que son más numerosos de lo que pueda llegar a imaginar quien no los haya visitado.

            El infinito está más allá de la vuelta de una esquina, de la barra de una cafetería, pues aparecer tan sólo con cerrar los ojos, con entrar en meditación profunda, tocando un árbol o respirando el aire de un entorno sagrado, entonando una canción que hace vibrar el éter que nos envuelve o tomando el enteógeno que nos llama por nuestro nombre para abrirnos el acceso a la senda del conocimiento ilimitado, cuando aparece la respuesta a la pregunta que hay en nuestro corazón o en nuestra mente, aunque no la expresemos, la solución al problema que atenaza nuestra vida y nos impide volar en libertad, con las alas invisibles del reconocimiento de lo que somos.

            En el origen de los tiempos el chamanismo surgió como una forma de interpretar el misterio de la naturaleza, de las leyes físicas, de la aparición de seres que no tenían nada que ver con los que formaban parte de la tribu, y aunque este conocimiento surgió en los albores de la humanidad, no es una conciencia primitiva, ni supersticiosa, ni equivocada, al menos no más que cualquier práctica de lo más respetable de los seres humanos en estos tiempos. Porque asombrosamente, los cauces de los ramales de la luz que se abrieron siguen estando abiertos, porque ya eran como son antes de que existiera la especie humana, y seguirían estando si nosotros desapareciéramos de la faz de la Tierra.

            Como hace miles y miles de años, las sendas se siguen recorriendo, da igual que el ritual responda a una enseñanza, a una iniciación o a la propia llamada individual que hace cada cierto tiempo lo que se conoce como el Gran Espíritu al que es elegido para la tarea adecuada, la necesaria para seguir sosteniendo los pilares sagrados de la sabiduría ancestral, para que custodie lo que incontables generaciones han preservado, para que no se pierda la memoria de las vías de acceso al reino de la Luz, o a cada una de sus moradas, inmensas, incontables, tantas como granos de arena hay en todas las playas de nuestro planeta.

            Un infinito por recorrer, en el que todo es siempre diferente, es lo que aparece ante la visión del chamán, el caminante de mundos interminables, en el eterno aprendizaje que jamás tiene fin, porque siempre hay algo nuevo que aprender, algo que llevar a lo más profundo del corazón y transmitir a los demás, para que cada uno sea capaz de que germine en su interior lo que como semilla de luz se le da sin pedir nada a cambio…

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