La vida se llena de recuerdos

José Antonio Iniesta

La vida se llena de recuerdos que van llegando al alma como pétalos de rosa o puntas de venablos, así que van invadiendo mañanas, tardes y noches con suspiros de aliento de color azul turquesa o ramalazos de dolor que parece que te fueran a destrozar el hígado. Así es el pacto inquebrantable con esta extraña experiencia de encarnarse, en la capacidad de sentir el cielo o el infierno en las mismísimas carnes.

            Me parece que he vivido siete vidas en una, y creo que así es, por más que intente engañarme el calendario diciéndome a través de sus absurdas cuadrículas que todavía sigo en el curso de una existencia. Para qué negar que todo tiempo es ilusorio, toda cadencia lineal de sucesos es parte de un burdo espejismo de la mente, que no del verdadero espíritu, que sabe que todo está sucediendo al mismo tiempo.

            Khalima y Uf todavía me acompañan en la tortuosa y dulzona senda de la vida, según sean piedras o pétalos de flores lo que aplaste con mi paso enérgico o taciturno, tal como se vista de colores o de grises mi espíritu de incansable peregrino.

            ¿Cuántos miles de años tendrán que pasar para que entienda a esta especie humana que va poblando sin descanso la faz de la Tierra, como un virus peligroso o una benigna flora bacteriana, según sea el propósito de los seres humanos que tiñen con todos sus colores la redondez de la nave madre en la que damos vueltas y más vueltas sin que parezca que nos movemos en este cosmos desconocido en el que estamos, como peces de colores en un acuario sin poder salir para leer los libros que se ven en los estantes de un salón en el que resoplan de vida cotidiana los humanos?

            Hay tantos recuerdos en mi vida que hoy se amontonan y laceran de tanta pesadez como tiene el tiempo en ocasiones, cuando se vienen encima de golpe y uno intenta recuperar esa brújula que de vez en cuando desaparece y nos lleva a la deriva. Khalima y Uf, con el enigma que apenas nadie conoce, van recorriendo mi propia senda sin que yo mismo la entienda, y siguen estando ahí, sumergidos, activos, resplandecientes entre tanta oscuridad como nos rodea, en lo más profundo y desconocido de mi conciencia.

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