La urdimbre de los tiempos primigenios

José Antonio Iniesta

La urdimbre de los tiempos primigenios

Fue en un primer instante de un tiempo infinito, que es como decir siempre, incapaces como somos de fijar un presente para algo que no se puede someter a medida y a razón alguna, cuando el acto de amor supremo, de darse sin medida, sin contención, en las cuatro direcciones del espacio, en todas y cada una de las dimensiones, hizo posible la totalidad de lo existente, lo que fue creado, lo que estaba ya prefijado que abarcaría la creación incontenible de lo que vemos y verán todas las generaciones hasta un final de los tiempos que no dejará de ser más que el principio del mismo tiempo.

Y allá se hermanaron la luz y el sonido del aliento supremo del amor infinito, el que se derrama con más intensidad que el estallido de mil y una supernovas. Luz y sonido, el principio, en el alfa, tan lejos, todavía, siempre lejos, y tan cerca, siempre cerca, del omega. Así dio comienzo el primero de los ciclos, la primera de las ruedas celestes, eso que con el tiempo llamarían calendarios los seres humanos, que es la falaz interpretación, como tiempo lineal, de un estado interior de conciencia, del mismísimo Dios y de todo aquel al que le sea concedido percibirlo, que es más un círculo que una línea.

De esa colisión amorosa entre los dos principios sagrados, el uno visto de dos formas, con un propósito compartido de provocar el milagro que se multiplicaría como las estrellas de todas las galaxias y las arenas de las playas de todos los planetas con mar de todas las galaxias, nació el tejido de luz de la conciencia de Dios, la pura geometría sagrada etérica, la belleza pura de la visión de los ojos del alma.

Qué honor más grande es ver ese trenzado que construye los mundos subatómicos, las partículas infinitesimales, la pura energía radiante que en la forma en que vibra se manifiesta como materia de los más diversos tipos, sea hierro, madera, ópalo o pluma de gaviota.

Allá se conmueve la vida latente de cada célula, las lágrimas se derraman con agua de fuego, todo el ser que es uno se estremece al ver tantísimos ramales de gloria divina convertida en filamentos de fractales, de formas geométricas en tres dimensiones, como puente de todas las dimensiones, que al ritmo de la música sagrada danzan y formulan la matemática que descubrieron los primeros observadores de los números con vida, vida latente que es la misma que la de un grano de trigo, un colibrí revoloteando entre las flores y el planeta Tierra de uno a otro confín. Porque así es arriba como es abajo, porque en el centro del axis mundi, el eje de la Tierra, se alcanza el equilibrio de la dualidad que se disuelve, se dispersa, para convertirse en la integración de todo lo que es y será por siempre, por más que se transforme y vuelva a ser diferente.

Allí, en el origen de todo, es luz y sonido lo que crea las construcciones más indescriptibles, en el fruto de la experiencia inefable, para la que no hay lengua coherente, ni palabra acertada, ni pensamiento completo, pues igual que el nombre de Dios se dice suspirando, la luz y la sombra que proyecta lo divino no puede dibujarse, no puede agarrarse con la mano, no puede describirse adecuadamente en las páginas de ningún libro.

Visión de lo sobrecogedor que aturde los sentidos. Si ya de por sí, en el viaje, nunca te acompaña el cuerpo físico, ahora se queda más que nunca allá donde emprendiste la búsqueda de ti mismo.

Luz y sonido, formando un tejido de luz con conciencia, la pura esencia de Dios, que uno descubre que es Padre y Madre al mismo tiempo, multiplicación hasta el infinito de cualquier tipo de forma concebible, y todo lo que puedan ser pares opuestos que buscan, por encima de todo, el desafío constante que siempre lleva al equilibrio.

Llegará el tiempo, aunque tengan que pasar milenios, para descubrirlo y comprenderlo, en que se sabrá que esos mundos primigenios, en la misma geometría sagrada de las formas arcanas, etéricas y astrales, están habitados por civilizaciones inconcebibles, tan minúsculas que los átomos serían vistos como soles, pues la grandeza de la evolución, de la existencia múltiple y multiplicada, comienza ya en el principio, en esa geometría danzarina, donde hay seres de pura geometría que expresan la alegría como jamás podrá ser imaginada por nadie de la estirpe de los seres humanos.

Allí lo ínfimo es enorme para la proporción de sus medidas, un espacio en lo microscópico que es tan gigantesco como lo es el espacio exterior más allá de la superficie de la Tierra.

Los mundos habitados de la geometría sagrada son parte de la visión del ser que nunca, jamás, en ningún momento, será comprendido, acercando lentamente al iniciado, el que ha tenido la suerte de ver semejante prodigio, al intenso silencio de la soledad inabarcable, por más que su paso se mezcle con el de millones de seres.

Se ha llenado por dentro, pero descubre el vacío de todo lo que le envuelve, las miradas perdidas, incapaces de fijarse en lo que es verdaderamente importante. Menos todavía serán capaces de alcanzar un mundo poblado por seres con trozos de geometría de los más vivos colores, para los que la materia es, como para nosotros, seres físicos, el más allá de los que se han muerto.

Nos separa un gigantesco abismo, como de una parte a otra de un universo físico, y aun así están en cada uno de los poros de nuestra piel, por millones en cada una de las células de nuestro organismo; habitan en el interior de un adoquín de una calle y en el barro cocido de una teja árabe.

Por eso es razón de vida, verdad suprema, la antigua afirmación de que todo está vivo, hasta la última mota de polvo, todos y cada uno de los granos de todos los desiertos del planeta.

Allá donde hay materia hay energía vibrando en diferente frecuencia, y en su patrón primigenio, en un casi interminable viaje a través de electrones y protones, el vacío inmenso entre átomo y átomo, están esos mundos habitados de seres que no dejan de gozar con la alegría sencilla y primaria de ser en sí mismos, de existir, de ser creación de Dios a cada momento…

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