Hay susurros que claman al cielo

José Antonio Iniesta

Hay susurros que claman al cielo

Hay susurros que claman al cielo, labios torturados por las palabras que surgen de la nada para arrasar un mundo entero y construirlo de nuevo, y un viento enfebrecido del alma en forma de suspiro.

En todo propósito hay un puente hacia los demás, o hacia uno mismo, con tal de viajar en lo inexpugnable, en lo cercano y cotidiano, con tal de crear avanzadilla de ideas y pasiones contenidas.

Siempre un deseo de trascender más allá del límite mezquino de la piel del cuerpo, y a ser posible en el tiempo.

La quietud absoluta, el vacío de sí mismo, el alejamiento del mundanal ruido, es para los eremitas que han rebasado ya los límites de lo humano, a fuerza de haberlo vivido todo, o de haberse negado a la necesidad de vivirlo.

Pero allá donde se mueva la sangre de las venas hay un intento por ser en los demás, que ellos sean percibidos por uno, y rebasar todas las fronteras para encontrarse con los otros, los invisibles en la presencia, los que no son conocidos, los que se presienten, tan lejos o tan cerca.

Imperiosa necesidad vital de hacer una escala con cuerdas y trepar hasta lo más alto para descubrir qué hay arriba que nos habíamos perdido.

Caminos hay por todas partes, necesidad de dar un paso, y otro, y otro, para ver otros reinos de la realidad y de la imaginación, encontrar la cabaña abandonada donde alguien guardó las promesas incumplidas, para recuperarlas y aventarlas al aire, a ver si, como el diente de león, vuelan llevadas por el viento y terminan cayendo en tierra próspera, fértil, para que la semilla germine y dé el fruto que ha sido esperado tantos días.

Bendita es la búsqueda de los que somos insaciables de conocimiento, para los que todos los caminos de la Tierra son pocos, mientras haya alguno que nos lleve a los paisajes del cielo.

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