Hay que llenar el vacío

José Antonio Iniesta

Hay que llenar el vacío

Hay que llenar el vacío al que la vida nos entrega con un puñado de mariposas que no dejen de volar nunca ni se mueran, que sean capaces de convertirse en orugas para ser de nuevo mariposas. Son necesarios los aleteos en el alma para que no se llene de desconsuelo y lo cubra todo con telarañas, con ese aire frío que siempre deja la muerte allá por donde va.

Resurgir, aunque nos cueste, y tratar de impedir que el hierro de forja, o el acero, incluso el mismísimo granito, nos recubra de por vida, transformándose en una armadura que nos impida salir de nosotros mismos.

Hay que llamar al colibrí para aprender de él, pues, siendo tan pequeño, tiene el corazón más grande en proporción a un cuerpo. Volar, volar, volar, como canta Macaco, que siempre busca el sonido más certero para acompañarlo a la letra de la música que nos pone un nudo en la garganta.

Dejarse succionar por la máquina del Sistema, al que no le gusta más que el color gris, que tiene en cada esquina una fábrica de mordazas y deja una marca candente al rojo vivo, como se hace con las reses, a todo aquel que se deja engañar por sus cantos de sirena, es morirse de vez en cuando en vida, y algunos todo el tiempo, zombies como son a tiempo completo, a destajo y hasta los fines de semana.

Siempre quedan retazos de arco iris que te puede regalar algún niño, pues están inmunizados contra la plaga de los hombres grises que se fuman el tiempo en el  bendito “Momo”, de Michael Ende. Seguro que habrá una piruleta en la tienda de la esquina que al chuparla nos recordará que algún día tuvimos siete años y creímos en el futuro, o al menos no nos atormentaba porque éramos felices e indocumentados, como escribió mi admirado Gabriel García Márquez.

Podemos romper de un golpe certero los laberintos de cristal que los gobiernos llevan de pueblo en pueblo, como las antiguas atracciones de feria, pero ahora para encandilar con la mirada de una serpiente que hipnotiza, en vez de dejarse hipnotizar por un faquir, para mordernos hasta en las ingles y así conseguir un voto que llevarse al estómago y seguir engañando a los ciudadanos unos cuantos años más.

Somos capaces de evitar que caigamos en las redes de una televisión, que es la mayor fábrica del engaño que existe, sabiendo que hay libros polvorientos en las estanterías que nos están esperando con los brazos abiertos. En todos y cada uno de ellos hay una receta diferente para no caer en la trampa del olvido, del alzhéimer sistemático que quieren provocar los controladores de masas para que no recordemos que somos luz, enteramente luz, con un poder inmenso para conseguir un cambio de octava, un salto cuántico, un ascenso merecido, después de tanto sufrimiento, en el plan evolutivo de nuestra especie.

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