En todo lo que miro hay sortilegio

José Antonio Iniesta

Sé del misterio de un mandala florido en la espiral aromática de una rosa y de ese vaivén de las olas que saben del influjo de la luna. En todo aquello en lo que pongo la vista hay misterio, y no porque se lo conceda, sino porque lo lleva en su corazón de copo de nieve, de aullido de lobo o de arena infinita convirtiéndose en dunas de un desierto remoto. En todo hay aliento de un Creador que abarca lo infinito, que resuena en la frecuencia de un cuarzo maestro y en el juego de las pestañas cuando se emociona una mirada.

            En toda la plenitud que abarca lo existente hay un enigma encerrado, encapsulado, como lo hace la geometría sagrada en una caracola. El propio girasol nos revela el misterio del Sol hacia el que se gira, pero también el surco de la matemática, las líneas dextrógiras y levógiras de esa ceremonia de pipas que nos enseñan tanto acerca de una creación sin prisas, arañando con suavidad el latido de millones de años.

            Me embriaga la música de las esferas, para la que hay que tener afinado el oído, y saber que el sonido se pliega, como lo hace el tiempo y la propia conciencia adormecida cuando se retuerce sobre sí misma.

            La sombra debajo de un tomillo nos reclama ver con otros ojos un laberinto fascinante esculpido por el caminar disciplinado de una hilera de hormigas. Y más allá de lo que ven los ojos está lo que nunca se verá con las pupilas encendidas, por más que lo pretendan, porque entonces hay que cerrarlos para ver con más transparencia, envolverse en el silencio, dejarse caer por ese abismo de la mansedumbre que concede la confianza absoluta en los tiempo venideros, sabiendo que, pase lo que pase, siempre habrá una nueva aventura y una parada en el largo camino para contemplar el vuelo de una mariposa. Hay que dejarse llevar por el fantástico arabesco que la libélula traza al reflejarse en un estanque donde las tortugas contemplan el cielo con los ojos entreabiertos.

            En todo lo que miro hay sortilegio, una invitación a descifrar lo más hermoso que nos daría consuelo. Y siempre quedará un ababol en primavera desgajándose con sus pétalos arrancados el viento, la revelación profunda de que todo caducará cuando llegue el momento. Por eso nos apura a saborear el elixir de la vida con sorbos pequeños.

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