El Significado y el Método de la Vida Espiritual

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Por Annie Besant

 

Considerando el significado y el método de la vida espiritual, es bueno comenzar por definir el significado del término “espiritual.” Hay una gran incertidumbre sobre el mismo. Escuchamos las palabras “espíritu” y “alma” como si fuesen términos intercambiables. Tenemos “un cuerpo y un alma” o “un cuerpo y un espíritu”, dicen las personas, como si esas dos palabras, “espíritu” y “alma” no tuviesen un significado preciso y definido. Naturalmente, si esas palabras no se entienden claramente, el término “vida espiritual” sigue siendo confuso.

La Teosofía divide la constitución humana de una forma definida, tanto con vistas a la conciencia como a los vehículos a través de los cuales se manifiesta. La palabra “espíritu” está reservada a esa divinidad en nosotros que se manifiesta en los planos superiores del universo y que se distingue por su conciencia de unidad. La unidad es la nota clave del espíritu, porque por debajo del plano espiritual todo es división. Cuando pasamos del plano espiritual al intelectual, inmediatamente nos encontramos en medio de la separación.

 

La Unidad y el Espíritu

Refiriéndonos a nuestra naturaleza intelectual, para la cual debemos limitarnos al uso de la palabra “alma,” inmediatamente notamos que es éste es el principio de la separatividad. En el crecimiento de nuestra naturaleza intelectual, nos tornamos cada vez más conscientes de la separatividad del “Yo.” Algunas veces se le llama el “yoísmo” en nosotros. De él surgen todas nuestras ideas de una existencia separada propiamente, con pérdidas y ganancias separadas.

El intelecto es también una parte de nosotros como el espíritu, solo que una parte diferente, y es la misma antítesis de la naturaleza espiritual. Porque donde el intelecto ve el “Yo” y lo “mío,” el espíritu ve unidad, no separación; donde el intelecto lucha por reafirmarse separadamente, el espíritu se contempla a sí mismo en todas las cosas y contempla todas las formas como la suya.

Los grandes misterios de las religiones del mundo se vuelcan en la naturaleza espiritual, porque es un misterio para la persona ordinaria. Lo que los cristianos denominan el entonamiento corresponde enteramente a la naturaleza espiritual, y nunca puede comprenderse mientras pensemos que tenemos intelectos e inteligencias separadas de los demás. La misma esencia del entonamiento yace en el hecho de que la naturaleza espiritual, siendo una y la misma en todas partes, puede volcarse en una forma u otra. A causa de este hecho que la naturaleza espiritual no ha sido comprendida y sólo se ha visto la separación del intelecto, que la gran doctrina espiritual ha sido cambiada en la sustitución de un individuo por otros individuos. No se ha reconocido que la doctrina del entonamiento está forjada por el espíritu omnipresente, que puede verterse a su voluntad en cualquier forma.

El espíritu es esa parte de la naturaleza humana en la cual reside el sentido de unidad, la parte que es primariamente una con Dios, y secundariamente, una con cuanto vive en el universo. Una viejo Upanishad comienza con la declaración de que todo este mundo es Dios velado, y pasa entonces a hablar de esa unidad omniabarcante, vasta y penetrante, que lo envuelve todo y estalla en un clamor de alabanza. “¿Qué hay entonces con la pena o el engaño, para quien ha conocido la unidad?” Ese sentido de unidad en el corazón de las cosas es el testimonio de la conciencia espiritual, y sólo cuando se comprende esto es que la naturaleza espiritual puede manifestarse. Los nombres técnicos no importan para nada. Éstos provienen del sánscrito, que durante milenios ha definido los nombres de cada etapa de conciencia humana y otras.

Esta señal de unidad es aquella sobre la cual podemos apoyarnos como señal de la naturaleza espiritual. De acuerdo con un viejo libro oriental, “el hombre que ve el Yo Único en todo, y todas las cosas en el Yo, ese hombre ve, verdaderamente ve.” Todo lo demás es ceguera. El sentido de separación, aunque sea necesario para la evolución, es fundamentalmente un error. La separatividad es solamente sólo como las ramas que crecen del tronco de un árbol, la UNIDAD de la vida del árbol pasa por cada rama y las convierte a todas en un sólo árbol. Es la conciencia de esa UNIDAD, lo que es la conciencia del espíritu.

En el cristianismo, el sentido de unidad ha sido personificado en Cristo. La primera etapa —cuando aún existe el Cristo y el Padre— es cuando las voluntades de funden, “hágase tu voluntad, no la mía.” La segunda etapa es cuando se percibe el sentido de unidad: “Yo y mi Padre somos uno.” En esa manifestación de la vida espiritual, tenemos el ideal que subyace en la más profunda inspiración de las escrituras sagradas cristianas, y sólo cuando “el Cristo nace en el hombre,” para emplear el símbolo cristiano, que comienza la verdadera vida espiritual.

Esto se señala claramente en las Epístolas. San Pablo escribió a los cristianos y no a los profanos o paganos. Le escribió a aquellos que habían sido bautizados, que eran miembros reconocidos de la Iglesia, en un momento en que los miembros eran más difíciles de ganar que en estos tiempos. Pablo les dijo: “Ustedes no son espirituales, ustedes son carnales.” La razón que da para considerarlos de esta forma es: “Oigo que hay divisiones entre ustedes.” Cuando la vida espiritual predomina hay armonía, no división.

La Segunda gran etapa de la vida espiritual está también destacada por las escrituras cristianas, como mismo en todas las grandes escrituras del mundo, cuando se dice que cuando venga el final de los tiempos, todo lo que se haya reunido en el Cristo, el Hijo, se reunirá más allá en el Padre, y “Dios reinará en todo.” Incluso esta separación parcial de Padre e Hijo desaparece, y la unidad es suprema. Cuando leemos los Upanishads, el Bhagavad Gita, o el Nuevo Testamento, nos hallamos en la misma atmósfera respecto del significado y naturaleza de la vida espiritual, en que aquello que conoce la unidad, en aquello donde la unidad es completa.

Ahora, esto es posible para nosotros a pesar de la separación del intelecto que nos separa a unos de otros, porque en el corazón de nuestra naturaleza somos divinos. Esa es la gran realidad de la cual depende toda la belleza y el poder de la vida humana. No es una diferencia pequeña si las personas piensan que son divinas, o si han sido llevados a creer en la idea de que son pecadores por naturaleza, miserables y degradados.

Nada existe más fatal para el progreso, nada tan desalentador para el crecimiento de la naturaleza interna, como la continua repetición de algo que no es cierto y que es esencialmente malvado, no divino. Es un veneno en el corazón de la vida, que estampa a uno con una etiqueta difícil de arrancar. Si queremos darle el sentido más bajo y degradado al sentimiento interno de dignidad, que le permitirá alzarse del fango en el cual están hundidos a la dignidad de una naturaleza humana, debemos hablarles de su esencial divinidad, que en sus corazones están en lo correcto y no asqueroso. Porque es en la misma medida en que hagamos esto que habrá débiles indicios del espíritu, tan encubierto, que ellos no estarán conscientes de ello en su vida común. Si existe un deber entre los predicadores de la religión más vital que otros, es que cuantos los escuchen sientan ese indicio de la presencia divina dentro de ellos.

 

El Desarrollo de la Naturaleza Espiritual

Contemplando así a todos como divinos en su corazón, comenzamos a preguntarnos: si ese es el significado del espíritu y de la vida espiritual, ¿cuál es el método para desarrollarla? El primer paso, como mencionamos, es hacer que las personas crean en ello, deponer cuando se nos ha dicho de que el corazón humano es esencialmente “malvado” en cuanto al pecado original. No hay pecado original, sino ignorancia, y todos nacemos con ella. Tenemos que ir saliendo de ella poco a poco por medio de la experiencia, que nos lleva a la sabiduría. Ese es el punto de partida, como el consciente sentido de unidad es la corona. El método de la vida espiritual es todo lo que fomente la vida para que ésta se muestre en realidad como mismo es en su esencia.

Nuestra divinidad interna —que es el pensamiento inspirador que queremos diseminar por todas las iglesias, que durante demasiado tiempo han estado ensombrecidas por una doctrina que es exactamente lo opuesto. Cuando comprendemos finalmente que somos divinos, buscaremos hacer justicia a nuestra naturaleza interna.

Ahora el metodo de la vida espiritual en el sentido más amplio, admito francamente, que no puede ser aplicado a los menos evolucionados entre nosotros. Para ellos, su primera lección es una muy antigua: “Cesad de hacer el mal.” Uno de mis Upanishads favoritos habla de los pasos mediante los cuales uno puede buscar y encontrar al Yo, el Dios interno. El primer paso, se dice, es “cesar de hacer el mal.” Ese es el primer paso de la vida espiritual, la base para poder edificar. El segundo paso es activo: “haced el bien.” No son menos verdaderos porque sean comunes. Son necesarios dondequiera y deben repetirse hasta que el mal se haya vencido y el bien se haya abrazado. La vida espiritual no puede comenzar hasta que uno completa estos pasos.

En relación con los pasos que siguen, se ha escrito que nadie que sea descuidado, que no sea inteligente, o que carezca de devoción puede hallar al Yo. Y de nuevo se dice: “El Yo no se halla por conocimiento ni por devoción, sino por la unión del conocimiento con la devoción.” Estas son las dos alas que nos elevan hacia el mundo espiritual.

Podemos encontrar un montón de detalles en las diversas escrituras del mundo para agregar más a estos amplios lineamientos que nos sirven de guía para recorrer el estrecho y antiguo Sendero. Pero lo que se necesita especialmente ahora es una forma en que las personas que viven en el mundo —limitados por las ataduras domésticas, y por ocupaciones de toda clase— puedan ganar el acceso a la vida espiritual, por medio del cual puedan asegurar el progreso en verdadera espiritualidad.

En las diferentes religiones del mundo ha habido una cierta inclinación a trazar una línea divisoria entre la vida en el mundo y la vida del espíritu. Esa línea, que es real, con frecuencia, sin embargo, se explica y se interpreta mal. Se piensa que consiste en circunstancia, mientras que consiste en actitud —hay una profunda diferencia, y una que es de importancia vital para nosotros. Debido a esta mala comprensión de ello, hombres y mujeres de todas las edades han abandonado el mundo para buscar lo Divino. Se han ido al desierto, a la selva y a las cuevas, a las montañas, al llano solitario, creyendo que si abandonan lo que ellos llaman “el mundo,” podrán asegurar la vida del espíritu. Y aún así, si Dios es omnipresente y está en todas partes, la Divinidad puede encontrarse lo mismo en el mercado que el desierto, en el banco como en la selva, en la corte como en la montaña solitaria, en medio de las obsesiones humanas como en los sitios solitarios. Es cierto que las almas débiles pueden percibir con más facilidad la vida que late en todo estando lejos del bullicio humano, pero eso es señal de debilidad, no de espiritualidad. No es lo fuerte, lo heroico, el guerrero, el que pide soledad para buscar la vida espiritual.

No obstante, la vida solitaria tiene su lugar, y con frecuencia un hombre o una mujer se irán a algún sitio solitario y morarán allí en soledad el resto de su vida. Pero eso nunca es la última corona final, no es la vida del Cristo que camina en la tierra. Es una vida que algunas veces lo prepara a uno para romper ataduras que de otro modo uno no se sentiría suficientemente fuerte para romper. Las personas huyen porque no pueden enfrentar la batalla, evaden lo que no pueden enfrentar. Eso es con frecuencia una medida sabia, y para cualquiera fácilmente tentado, es un buen consejo para evitar las tentaciones.

Pero los verdaderos héroes de la vida espiritual no evitan lugares ni personas. No temen ensuciar sus vestiduras, porque las han tejido con un material que no se mancha. Aquellos que viven la vida solitaria regresarán de nuevo para llevar la vida del mundo. La lección de desapego que aprendieron en los sitios solitarios les servirá para cuando regresen a la vida ordinaria. La liberación, la libertad del espíritu, esa vida consciente de unión con Dios que es la marca del humano que se convierte en divino, esa última conquista se gana en el mundo, no en la selva ni en el desierto.

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