El origen: la diosa madre paleolítica  

José Antonio Iniesta
De User:MatthiasKabel - Trabajo propio, CC BY 2.5, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=9444845

Foto: MatthiasKabel 

El origen: la diosa madre paleolítica

 

Anne Baring y Jules Cashford
El mito de la diosa. FCE / Siruela,
México, 2005.

 

http://www.fondodeculturaeconomica.com/ED_LaGaceta.asp
http://elistas.egrupos.net/lista/superlupe/archivo/msg/578/

Hace mucho tiempo, 20.000 años o más, apareció la imagen de la diosa sobre un amplio territorio, extendiéndose desde los Pirineos al lago Baikal de Siberia. Estatuas de piedra, hueso y marfil, diminutas figuras de cuerpos largos y pechos caídos, redondeadas imágenes maternales cuyas formas abultadas anticipaban el nacimiento, efigies con signos arañados en ellas —líneas, triángulos, zigzags, círculos, redes, hojas, espirales, agujeros—, elegantes formas que surgían de la roca, pintadas de ocre rojo, todo ello ha sobrevivido a través de las ignotas generaciones de seres humanos que compusieron la historia de la humanidad. ¿En qué momento de la historia del hombre aparecieron estas imágenes sagradas?

El fuego se descubrió hace alrededor de 600.000 años. ¿Qué pasó en los años, aproximadamente medio millón, transcurridos entre este tiempo y el comienzo del Paleolítico superior, hacia el año 50.000 a. C.? ¿Qué sueños se soñaron, qué historias se contaron en torno al fuego? Cuatro grandes eras glaciales, cada una de ellas de miles de años, vinieron y se fueron. Con el deshielo de los glaciares que habían cubierto la práctica totalidad de Europa y Asia—entre los años 50.000 y 30.000 a.C. (aunque no desaparecieron finalmente hasta cerca del 10.000 a. C.)—emergió un tipo humano con el que podemos sentir afinidad: el Homo sapiens. Pocos animales pudieron vivir con anterioridad en la tierra congelada, a excepción del mamut y el rinoceronte lanudos y del reno; mas ahora comenzó a brotar la estepa que, cubierta de hierba, mantuvo a grandes manadas de bisontes, caballos y ganado.

Más tarde —entre los años 20.000 y 15.000 a. C.— las tierras verdes dieron paso a espesos bosques, por lo que las manadas emigraron hacia el este, seguidas por los cazadores. Algunas tribus quedaron atrás, como las del sudoeste de Francia, haciendo de las cuevas sus casas, en los fértiles valles del Dordoña, el Vézère, y el Ariège. Por aquel entonces se pintaron las paredes de las cuevas y se tallaron estatuas de diosas.

Se han descubierto más de 130 de estas esculturas, apoyadas sobre rocas y sobre tierra, entre los huesos y herramientas de estos pueblos del Paleolítico. Otras aparecieron cuando se realizó una observación más minuciosa, cinceladas sobre los salientes y terrazas de piedra sobre las cuevas donde muchas de estas personas vivían. Las estatuas siempre representan figuras desnudas; son generalmente pequeñas y con frecuencia gestantes. Algunas semejan mujeres ordinarias, pero la mayoría tienen la apariencia de madres, como si cuanto fuera femenino en ellas se hubiese concentrado en el misterio abrumador del nacimiento.

Muchas figuras han sido salpicadas de ocre rojo, el color de la sangre que proporciona la vida, y con frecuencia su base se va estrechando hasta formar una punta carente de pies, como si en alguna ocasión hubieran permanecido clavadas en el suelo con intención ritual. Las tribus que vivieron dentro de las cuevas, pintando las oscuras paredes interiores con los rojos chillones, ocres y marrones de los animales salvajes, colocarían las estatuas en el exterior de sus moradas, en la entrada de sus habitáculos o de su santuario.

Sobre un refugio rocoso en Laussel, en la Dordoña —sólo a unos pocos kilómetros de distancia de la gran cueva de Lascaux, donde aún cubren sus paredes las más brillantes de estas pinturas—, una estatua femenina de 43 cm de altura contempló alguna vez el valle. Los escultores del Paleolítico la cincelaron en piedra caliza con utensilios de sílex y colocaron en su mano derecha un cuerno de bisonte en forma de luna creciente con muescas de los trece días de la fase creciente de la luna y de los trece meses del año lunar. Con su mano izquierda apunta hacia su vientre grávido. Su cabeza se inclina hacia la luna creciente, dibujando una curva que conecta la fase creciente de la luna con la fecundidad del útero humano, y que pasa por sus dedos, posados sobre su vientre, para ascender, a través del ángulo que forma su cabeza, hasta el cuerno creciente de su mano. De esta manera se reconocen las pautas de relación que vinculan el orden celeste y terrestre. Joseph Campbell establece la conexión entre el pasado y el presente: “Las fases de la luna eran las mismas para el hombre del Paleolítico que hoy para nosotros; también eran idénticos los procesos propios del útero. Podría ser, pues, que la observación inicial que condujo al nacimiento, en la mente del hombre, de la mitología de un misterio que informa de los asuntos terrestres y celestiales, fuese el reconocimiento de una armonía entre estos dos órdenes articulados a partir del factor del tiempo: el orden celeste de la luna creciente, y el terrestre del útero.”

A 161 km hacia el sur, en las laderas de los Pirineos, en un lugar llamado Lespugue, reposó desde milenios en una zanja cubierta de barro la delicada escultura que muestra la figura 2. De sólo 14 cm de altura, fue esculpida en el marfil de un mamut. No tiene manos ni pies y sus piernas se afilan hasta formar una punta; parece, pues, que estuvo clavada en la tierra, o que se fijó sobre una base de madera, para que pudiese permanecer erguida, donde pudiera ser vista. La parte superior de su pecho se aplana para formar una curva, que se eleva hacia una cabeza casi serpentina que se inclina hacia delante, de modo que su frágil cuerpo subraya su capacidad para dar a luz y proporcionar alimento.

Sus brazos descansan sobre sus pechos, que penden, alargados, y que se funden con su vientre pleno y redondeado; sus nalgas y muslos están desproporcionadamente abultados, como si contribuyesen también al acto de dar a luz. Sus pechos y nalgas dan la sensación de ser cuatro huevos que transporta en el nido de su cuerpo gestante. Diez líneas verticales han sido trazadas desde debajo de sus glúteos hasta la parte trasera de sus rodillas, dando la impresión de ser las aguas del parto que caen profusamente de la matriz, como la lluvia. Las diez líneas sugieren los diez meses lunares de la gestación en el útero.

¿En qué nos basamos para defender que estas esculturas de mujer son de diosas, y no simplemente bellezas de la tribu local, o las jóvenes de la cueva de al lado? En primer lugar, no parece que los artífices de las estatuas tuviesen la intención de reflejar fielmente la naturaleza, a no ser que asumamos que los artistas paleolíticos carecían del sentido de la proporción para las hembras humanas, mientras que poseían un exquisito talento para la de los animales. Si para describirlas se utiliza esa expresión cautelosa, “Escultura de una mujer”, que se encuentra habitualmente en las placas de los museos, se pasa por alto el simbolismo que supone el estructurar todas las partes del cuerpo de una manera tan coherente y consistente. Dado que la totalidad del cuerpo se concentra en el drama del nacimiento, lo que relatan éstas y muchas otras fi guras es la historia de cómo se origina la vida.

La figura femenina es la única evidencia que poseemos en cada caso. Podemos interpretar que representa a una mujer particular, o a todas las mujeres en general; o bien a una mujer a cuyas características específicas se ha dotado de sentido ritual, convirtiéndolas en un medio que trasluce algo que supera lo que cualquier mujer particular es o hace. No se ha encontrado ninguna figura masculina similar. ¿Por qué se otorgaría una dimensión ritual, entonces, a la figura de una mujer, o más precisamente, a la figura de una mujer dando a luz? Al llegar a este punto abandonamos la evidencia y comenzamos la interpretación.

El misterio del cuerpo femenino es el misterio del nacimiento, que es también el misterio de lo no manifiesto convirtiéndose en manifiesto en la totalidad de la naturaleza. Esto trasciende con creces el cuerpo femenino y la mujer como soporte de esta imagen, pues el cuerpo de la hembra de cualquier especie nos conduce, a través del misterio del nacimiento, al misterio de la vida misma.

Si admitimos el significado religioso de estas figuras, no podemos simplemente etiquetarlas como “ídolos de fertilidad”: la palabra “ídolo” trivializa invariablemente el carácter numinoso de la experiencia religiosa, en tanto que sólo se utiliza para designar las formas de culto de otros pueblos, y la palabra “fertilidad” pasa por alto también, de forma llamativa, el hecho de que muchas personas de
nuestro tiempo rezan a la virgen María para que les conceda hijos. De modo similar, denominarlas “estatuillas de Venus” —como ocurre en las expresiones Venus de Laussel o Venus de Lespugue, que son los nombres que se les suele dar—es reducir la universalidad de un primer principio —la madre— al nombre de la diosa romana del amor, que era por entonces sólo una diosa entre otras muchas, todas ellas suplantadas tiempo atrás por el dios padre en tanto que soberano, si no creador, del mundo. De modo que, para intentar devolver a las figuras del Paleolítico su propia dignidad original, preferimos designar esas imágenes sagradas de los poderes del universo que dan vida, alimentan y regeneran con el nombre de “diosa madre”, o simplemente “diosa”.

No vamos a intentar definir lo “sagrado”y lo “numinoso”, ya que son términos que apuntan a una realidad última que es única para cada persona, cuyo significado compartido atraviesa, sin embargo, los milenios para cambiar imperceptiblemente en cada era. Lo importante es que en todas las culturas, ya sea su organización simple o compleja, hallamos una experiencia de dimensiones sagradas. Esto sugiere que lo sagrado no es una etapa en la historia de la consciencia, sino un elemento de la estructura de la consciencia que pertenece a todos los pueblos de todas las épocas. Es, pues, parte del carácter de la raza humana, quizá la parte esencial. Por eso es crucialmente necesario para la comprensión de ese otro aspecto del ser humano que consiste en haber nacido en un momento particular, dentro de una familia específica, incluida en un determinado grupo tribal. Si aceptamos que las imágenes de otras culturas tienen argumentos igualmente válidos para acceder a la dimensión de lo sagrado, es menos probable que pasemos por alto las similitudes entre nuestras propias imágenes numinosas y las de los demás.

La escultura más antigua de una diosa —c. 22.000 a. C.— es la que parece más moderna; de ella sólo se ha conservado una pequeña cabeza. Esculpida en marfil de mamut, mide sólo 3,65 cm de altura, y sus facciones son finas y delicadas: un cuello largo enmarcado por cabellos lisos, cejas y nariz muy pronunciadas, y el diseño de una red cincelada de forma precisa sobre la totalidad de su larga cabellera. Proviene de Brassempouy, en la región francesa de Las Landas. 

Cuando tratamos de hacernos una idea de cómo vivían y pensaban los hombres del Paleolítico, imaginándonos a nosotros mismos en las bocas de sus cuevas, contemplando el exterior, ¿no vemos acaso como el fenómeno más misterioso la luna… y las caras de la luna, que constantemente cambian de un modo que siempre es constante? Los dos términos, el fijo y el variable, proporcionan la primera noción de secuencia, medida y tiempo. Este significado de la luna aún se esconde en nuestro lenguaje: el griego mene significa “luna”, el latín mensis “mes”, y mensura, con la misma raíz, significa “medida”, de donde proviene el nombre del ciclo menstrual; pues los cambios de la luna hicieron posible el medir por vez primera períodos de tiempo que superasen el día (que podía calcularse por el sol). Pero esto es lenguaje laico, no el lenguaje sagrado y simbólico del mito. Pues podríamos imaginar que, para estas gentes primitivas de la historia de la humanidad, la luna, al igual que la totalidad de la naturaleza, se experimentaba como la diosa madre, de manera que las fases lunares pasaron a ser las fases de la vida de la madre. La luna creciente era la joven, la doncella; la luna llena, la mujer encinta, la madre; la luna nueva, la ancianasabia, cuya luz estaba oculta en su interior.

Existía una trinidad de diosas que se halló en la cueva de Abri de Roc aux Sorciers, en Angles-sur-l´Anglin, fechada entre los años 13.000 y 11.000 a. C. Tres enormes diosas se esculpieron en la roca de la cueva, resaltándose de forma definitiva su capacidad para dar a luz y desapareciendo de la vista sus cabezas y la parte superior de sus cuerpos. Las tres figuras se hallan de pie sobre un bisonte, recordándonos a la diosa de Laussel, que sujetaba el cuerno de bisonte como imagen de la luna creciente; su figura se esculpió cerca de 10.000 años antes. ¿Son éstas las diosas de las tres fases visibles de la luna que en épocas posteriores asumieron nombres y papeles diferentes?

Laurens van der Post considera al bosquimano africano una de las razas más antiguas de la tierra. Él nos cuenta la historia de cómo, cuando iba viajando junto a ellos, de noche y con una larga jornada por delante, se asombró al ver que todo el mundo estaba bailando y nadie se iba a dormir. Cuando les preguntó la causa de tal proceder, le replicaron que bailarían toda la noche porque la luna comenzaba a menguar: “Debemos demostrarle cuánto la queremos, o no regresará”, le dijeron.

Hay cuentos sobre la luna por todo el mundo, y en muchos de ellos su ritmo cíclico representa un patrón que se siente como parte de la vida humana también; un sentimiento que se plasmó en la escultura de la diosa de Laussel. En las fases rítmicas de luz y oscuridad, las tribus del Paleolítico debieron de percibir un patrón de crecimiento y decadencia siempre renovado, y ello les proporcionaría confianza en la vida. En la fase creciente de la luna, sentirían crecer la vida y experimentarían el crecimiento de sus propias vidas; es posible que con luna llena se maravillasen del incremento de la vida que se desborda para dar lugar a nueva vida; en la fase menguante lunar, se lamentarían por la retirada de la vida, la marcha de la diosa; y en la oscuridad de la luna nueva, debieron de haber deseado ardientemente el retorno de la diosa y de su luz. Comenzarían a confiar en la reaparición de la luna creciente con el paso del tiempo y, por lo tanto, a reconocer la oscuridad como el tiempo de espera previo a la reaparición de la nueva vida. Mediante la experiencia de la muerte sintieron quizás que eran acogidos de nuevo en el oscuro vientre de la madre, y posiblemente
creían que volverían a nacer, como la luna. Esta experiencia permitió que en ellos brotase la capacidad de percibir la vida a través de imágenes. La oscuridad no era antagonista de la luz, ni tampoco lo era la muerte de la vida; era un aspecto del ser de la diosa madre. Cuanto existía, ellos mismos incluidos, era una expresión de la diosa. Todo, por lo tanto, constituía una imagen que confirmaba la relación que les unía a ella. De esta capacidad para experimentar la vida a través de imágenes surgió la creatividad inagotable de la humanidad. El mito fue la expresión de esta experiencia primordial.

El espléndido libro de Alexander Marshack, The Roots of Civilization, muestra cómo los pobladores paleolíticos utilizaban un sistema de notación lunar ya desde el año 40.000 a. C. Esto nos permite percibirlos como más cercanos a nosotros, y nos impulsa a valorar su inteligencia y sus habilidades más de lo que hemos hecho hasta ahora. En 1963, Marshack examinaba un libro que versaba sobre los logros tecnológicos gracias a los cuales los seres humanos pudieron viajar a la luna en una nave espacial; sin embargo, sus estudios le dejaron con la sensación de que algo faltaba en el informe arqueológico. Le dio la impresión de que la humanidad no podía haber inventado “de pronto” la escritura, las matemáticas, la astronomía.

¿Qué fue lo que ocurrió antes de la Edad del Bronce que facilitó las bases para esos descubrimientos “repentinos”? Sus pesquisas le llevaron hasta una pieza de hueso de Ishango, cerca de las fuentes del
Nilo. Examinándola atentamente, intuyó que las líneas grabadas en ella podían ser notaciones lunares. Lo que sigue es tan fabuloso como la historia de cualquier gran descubrimiento. Las notaciones lunares que encontró en hueso, piedra, cornamenta y fi guras de diosas, debiero—pensó— establecer las bases del descubrimiento de la agricultura, el calendario, la astronomía, las matemáticas y la escritura. En tal caso, todos estos logros se habrían desarrollado a lo largo de inmensos periodos de tiempo y no “de pronto”, como habíamos asumido. Parece ser que en un tiempo tan lejano como el año 30.000 a. C., el cazador de la era glacial de Europa occidental utilizaba ya un sistema de notación evolucionado, complejo y sofisticado, una tradición que parece haber tenido entonces miles de años. Parece que también lo utilizaban otros tipos de hombres modernos, como el hombre de Combe Capelle, de la cultura Gravetiense oriental checoslovaca y rusa, así como otros pueblos y subculturas en Italia y en España… La tradición parece haberse extendido tanto que nos asalta la pregunta de si podría remontarse al período del hombre de Neandertal… Estos hechos son tan nuevos e importantes… Suscitan profundas preguntas acerca de la inteligencia evolucionada y las habilidades cognitivas de la especie humana. 

Es posible que se desarrollase una habilidad para pensar de modo abstracto a partir del discernimiento de cuatro fases lunares, en vez de tres. A las tres fases visibles —la creciente, la llena y la menguante— se le añadió la cuarta fase, los tres días de oscuridad, cuando la luna no puede ser vista, sino sólo imaginada. La cuarta fase invisible debió de comprenderse como la dimensión invisible en la que la nueva vida se gesta, y desde la que la luna pasada renace como luna nueva. Cuando la fase de oscuridad lunar se incluye como parte esencial del ciclo continuo de la luz, se hace
necesaria la capacidad de mantener en la mente una imagen de lo que no es, de hecho, visible. Meandros y espirales constituyen la evidencia de un pensamiento abstracto, y más tarde, en la cerámica del Neolítico, las imágenes de una cruz de cuatro brazos representan las cuatro fases de la luna.

Cuanto observaban los pueblos del Paleolítico era definido por un ritmo estacional. Si miraban al cielo, veían las aves emigrar y retornar, entre ellas la grulla, el ganso, la garza y el cisne. Veían al salmón remontar la corriente en los grandes ríos en momentos determinados del año. Contemplaban las secuencias del brotar, florecer y dar fruto de los muchos y diferentes tipos de árboles, así como la caída de la hoja. Veían la gestación y el nacimiento, el crecimiento y la muerte de toda clase de animales en un ritmo previsible. Sus propias vidas seguían los mismos modelos rítmicos, como una estación sucede a otra. En verano seguían a los animales y sus vidas se centraban en la caza. En invierno, cuando los días eran más cortos y los fríos árticos dificultaban la caza, la vida se concentraba en torno a las cuevas, donde iban perfeccionando el arte de hacer herramientas.

Había, pues, una estación para construir herramientas y otra para hacer uso de ellas; una para transformar pieles en ropa y mantas, y otra para matar a los animales que suministraban dichas pieles. En verano debían disfrutar del calor, más intenso, y de la expansión de la vida. En invierno, alrededor del fuego, probablemente se contaban las historias que nos han llegado en forma de mitos, leyendas y cuentos de hadas. Sus rituales estaban sintonizados con las estaciones y aseguraban la fertilidad de los animales, el éxito de la caza y la supervivencia al frío terrible del invierno. Las habilidades que desarrollaron observando las fases de la luna y el movimiento circular de las estrellas, las historias que contaban para acompañar estos rituales, todo ello expresa el instinto específicamente humano para establecer analogías entre los diferentes órdenes y dimensiones de la vida. Esta capacidad de pensamiento analógico debió de ser lo que les permitió percibir la relación entre el orden celeste, simbolizado por la luna, y el orden terrestre que veían a su alrededor.

La luna era indudablemente la imagen central de lo sagrado para estos pueblos primitivos; su ritmo dual, constante y cambiante, les proveyó de un punto de orientación desde el que medir diferencias, concebir patrones y establecer asociaciones. Su perpetuo regresar a los propios orígenes los impulsó a recomponer lo que en apariencia se había hecho pedazos. En todas las mitologías hasta la Edad del Hierro (c. 1250 a. C.) se percibía la luna, gran luz brillando en la oscuridad de la noche, como una de las imágenes supremas de la diosa, el poder unificador de la madre de todo. Ella era la medida de los ciclos temporales y de las conexiones e influencias celestes y terrestres.

Gobernaba la fecundidad de la mujer, las aguas del mar y todas las fases de crecimiento y decrecimiento. Las estaciones se sucedían en secuencias, al igual que las fases de la luna. Constituía una imagen perdurable tanto de la regeneración en el tiempo como en la totalidad atemporal: lo que se perdía aparentemente con la luna menguante, se restablecía con la creciente. La dualidad, imaginada como la luna creciente y menguante, era contenida y trascendida en su totalidad. De forma análoga, por lo tanto, la vida y la muerte no tenían por qué ser percibidas como opuestos, sino que podían ser consideradas fases que se suceden la una a la otra en un ritmo sin fin.

No resulta sorprendente, pues, que la mitología lunar precediese a la solar en muchas, si no en todas, partes del mundo. En los fragmentos de hueso que han llegado hasta nosotros, las notaciones lunares tienen formas sinuosas; esto nos ayuda a comprender la antigua conexión entre la luna y la serpiente
La luna moría y regresaba a la vida de nuevo; la serpiente mudaba la piel, pero permanecía viva. Posiblemente, la serpiente se había convertido ya en lo que siempre iba a ser para épocas posteriores: en una imagen de renacimiento y de transformación.

Traducción de Susana Pottecher

I Texto completo citado por Joseph Campbell, The Way of the
Animal Powers, P. 269.

2 Sir Laurens van der Post, durante una velada dedicada a la narración
de cuentos, el 17 de diciembre de 1989. Ver también Robert Briffault,
The Mothers, pp. 339-45, sobre el predominio de esta costumbre en
otras tribus y países. Marshack, op. cit., p. 57

Fuente:
La Gaceta número 458, febrero 2009″

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