El laberinto de cristal

José Antonio Iniesta

Conforme van pasando los años se comprende el juego de las paradojas, se sabe que pueden ser reales dos cosas diferentes y opuestas. Pero nunca dejan de surgir los enigmas de la vida, de tanta luz como oscuridad que nos abriga, en la que todo se vuelve un continuo descifrar para saber dónde empieza el sueño y dónde termina la pesadilla. Los adoquines de una calle adoptan la forma de un tablero de ajedrez, los azulejos del cuarto de baño el de las tres en raya. los árboles de un parque parecen los de un profundo bosque en el que buscamos sin cesar el tesoro oculto que nos rescate del dolor cuando la sensibilidad está a flor de piel y las heridas se producen a cada momento.

            Un inmenso laberinto es la vida, como aquel de la infancia que me atrapaba y al mismo tiempo me entretenía. Llegaba la feria a Hellín y con ella esa atracción que tanto me fascinaba, el laberinto de cristal, en el que una horda de chiquillos con su ignorancia, su inocencia y griterío, se sumergía en ese símbolo de lo que siempre es un viaje iniciático. Recorrer laberintos ha sido desde la oscura noche de los tiempos un rito de tránsito, de iniciación para viajar al interior de uno mismo, un aprendizaje para encajar los círculos secretos que la vida nos ofrece como un enigma y que hay desvelar para seguir existiendo.

            Lo sabían los druidas, también los que construyeron las catedrales de la Edad Media, lo sabe más que nadie, pero de otra forma, el ratón de laboratorio que debe demostrar su inteligencia a fuerza de recorrerlo para que un doctor con bata certifique un descubrimiento.

            El laberinto de cristal me mostraba con su transparencia que seguía existiendo al otro lado el edificio que luego fue mi instituto, también el campo de fútbol de una pelota que no para de dar vueltas, hasta el puesto de los churros, los coches de choque y la caseta de los juguetes, pero seguía encerrado, aturdido, unas veces nervioso y otras harto de esa muchedumbre histérica y gritona que en su interior se agolpaba. Lo único verdaderamente importante era encontrar la salida para respirar aire limpio.

            Así es la vida siempre, un laberinto para alcanzar algo inalcanzable, como la olla de oro de las leyendas que, según el relato de la infancia, estaba a los pies de un arco iris. Porque cuando escapas de un laberinto descubres que ya estás recorriendo otro.

            Todo está conectado, la salida de uno con la entrada de otro. Una tela de araña invisible se cierne para que no dejemos de descubrir que todo el Universo, con cada uno de sus actos en nuestras vidas, es un gigantesco rompecabezas, un puzzle más grande que el conjunto de una galaxia. Y hay amor y desasosiego entre sus paredes, y compañía y soledad al mismo tiempo, mística y desatino, errores y aciertos, un vuelo blanco de gaviota al mismo pisar el suelo de Altea y el del buitre imaginado que siempre quiere devorar a los que han muerto. El yin y el yang danzando y nosotros en el centro de una hoguera que todo lo consume y lo purifica.

            Nada es azar, todo es una ley de causa y efecto, una maraña de hilos de luz une a cada uno de los seres humanos que han sido, son y serán en la eterna Creación de este Cosmos que es siempre luz y oscuridad, resplandor de estrella y negrura de un agujero negro.

            No hay otra forma de descubrir el misterio, la salida del laberinto en el que el ratón corre asustado, la que tenía el de cristal de mi infancia, que yo buscaba desesperadamente cuando era niño, que es sumergirse en el silencio profundo y entregarse a los brazos del misterio. Yo lo hago recordando tres frases que son los pilares de mi templo interior, el que ningún ser humano ha hollado: “Dios es amor”, “Dios no se equivoca”. “Sólo Dios me basta”.

            La mente jamás encontrará la verdadera salida del laberinto, el cuerpo, caduco y pasajero, menos todavía. Únicamente el espíritu, la tercera punta del triángulo de los tres extremos de ese templo de luz y esperanza, será capaz de hacerlo.

            Y si no puedo hacerlo, que lo haga Dios por mí, que es el único que tiene la llave de la puerta de todos los templos…

Deja un comentario