Jesús Callejo
“Es tan corto el amor y tan largo el olvido”… nos decía el poeta Neruda refiriéndose al amor entre dos amantes pero, en el fondo, es el reflejo de todo el universo. Tendemos a olvidar lo que somos y lo que hacemos en este planeta. Buscamos ser felices y no sabemos cómo. Olvidamos fácilmente que dos de los resortes para ser feliz residen en la fuerza del amor y en el despertar de la consciencia. Según qué culturas, lo han llamado de distintas maneras: satori, éxtasis, iluminación, nirvana o consciencia de unidad cósmica. Qué más da. No dejan de ser palabras y lo que se busca son emociones.
Al fin y al cabo, todo está permitido para aquel que sabe trascender las meras palabras. “Haz lo que quieras”, era el lema del mago ocultista Aleister Crowley, una persona que sabía manejar las palabras y aún así nunca consiguió dejar buenos recuerdos allí por donde pasaba. “Haz lo que quieras”, era su ley, su consigna, su código, su fin en la vida. Quien se hacía llamar a sí mismo “La Gran Bestia 666” sin duda recogió aquello que sembró. Le faltó añadir una palabra a esa sagrada ley.
«Ama y haz lo que quieras», decía san Agustín. Esa es la palabra que faltaba. La palabra perdida de Crowley. Tan sencillo y tan eficaz. Si realizas una tarea, la que sea, lo harás con amor; si callas, callarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor; si escribes, escribirás con amor; si escuchas, escucharás con amor… y no hay límites puesto que la medida del amor es amar sin medida. Por si fuera poco, cuando se ama de verdad ningún mal puede hacerse. Y eso, al parecer, lo hemos olvidado.
Por mucho que nos empeñemos, no somos seres separados de la Unidad. Formamos parte de ella y lo que nos une al resto de seres vivos, con una fuerza superior a nosotros mismos, siempre es esa energía que llamamos amor. De hecho, el mismo acto de amar, en lo físico o biológico, expresa el anhelo de unir dos cuerpos, el deseo de disolverse en el otro a través del orgasmo. Y por lo que se refiere a lo psíquico o espiritual, es la búsqueda de nuestra luz interior que quiere vibrar al unísono con la que tiene nuestro amante.
Solamente tenemos que “darnos cuenta”. Un día le preguntó un discípulo a su maestro: «¿Que te ha proporcionado la Iluminación? Y contestó: «Primero tenía depresión y ahora sigo con la misma depresión, pero la diferencia está en que ahora no me molesta la depresión». Cuando uno se despierta por la mañana todo sigue ahí, el árbol, el reloj, la casa, el perro, el trabajo y la familia. Lo mismo pasa con el despertar de la consciencia. En realidad, no cambia nada. Todo sigue siendo igual. O casi igual porque lo que ocurre es que entonces el corazón se llena de asombro.
No se pueden ver las maravillas que están a nuestro alrededor si antes no abrimos los ojos. “Saber mirar es saber amar”, frase que se repite en la película Canción de Cuna, de José Luis Garci (1994). Y uno de los personajes, en un momento de inspiración, habla de las primeras horas del día en las que “el mundo parece como recién bañado”. Esa es la magia de lo cotidiano, esa es la capacidad de asombro. Y no hay que tener estudios universitarios ni hacer cursos o talleres de crecimiento personal para conseguirlo.
En el momento que nos demos efectivamente cuenta de que no somos seres individuales ni limitados, de que los apegos y los gestos egoístas son un lastre para nuestro aprendizaje y que cada uno de nosotros forma parte integrante de una Vida infinita, entendida en su más alto y sagrado significado, nuestros ojos se empezarán a abrir. Todo está interrelacionado como la sangre que une a una gran familia y todos somos, de un modo u otro, manifestaciones de la Divinidad. Incluso algunos astrofísicos se han atrevido a insinuar que no se arranca un clavel en esta tierra sin que este acto resuene en los confines del Universo, que es lo mismo que decía Tagore con otras palabras: «No es posible tocar el pétalo de una flor sin que se estremezca una estrella».
Cuando San Francisco de Asís se empeñaba en llamar hermano a cada pájaro que veía, a cada flor que acariciaba y a cada hombre con el que hablaba lo hacía porque estaba loco… de amor. Él lo sabía: el amor mueve y expande la conciencia, pero el temor siempre nos retrae y corta las alas.
Esto que parece tan sencillo y evidente no lo es para aquel que no tiene la capacidad de ver la esencia de las cosas, para aquel que no saber amar. El que está “despierto” se da cuenta de que todo lo que vivimos es digno de ser vivido. Que nada sobra.
“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: es la voluntad”. Lo dijo Einstein y en los últimos años de su vida se dio cuenta de que su Teoría del Todo fallaba porque quizá le faltaba una variable poderosa que pudiera unir y explicar las cuatro fuerzas fundamentales que gobiernan el Universo: la gravedad, el electromagnetismo y las dos fuerzas nucleares (débil y fuerte). Esa variable intangible era la fuerza del amor.
Estamos ya en el nuevo milenio y, al parecer, las cosas no han cambiado mucho respecto al siglo que hemos dejado atrás. Pero sólo lo parece. Lo que está cambiando es nuestra percepción de la realidad. Nuestro enfoque de la vida, nuestra manera de amar…
En una de esas guerras anónimas que existen en el mundo, un amigo de un soldado no había regresado del campo de batalla y solicitó permiso para ir a buscarlo. “Permiso denegado –replicó el oficial-. No quiero que arriesgue usted su vida por un hombre que probablemente ya esté muerto”.
El soldado, haciendo caso omiso a la prohibición, salió de la trinchera y una hora después regresó herido, transportando el cadáver de su amigo. El oficial, al verle, se puso más furioso y le gritó: “¡Ya le dije a usted que estaría muerto! ¡Ahora he perdido a dos hombres! Dígame, ¿merecía la pena salir allá fuera para traer un cadáver?” Y el soldado respondió: “Claro que sí, señor. Cuando le encontré todavía estaba vivo y pudo decirme: gracias, estaba seguro de que ibas a venir”.
Esos son los gestos que cambian una vida y salvan el mundo.
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